Itinerario

Vitoria-Gasteiz

Al llegar al parking del hotel, descargamos las maletas y atravesamos la puerta de acceso a su patio principal. El Palacio de Elorriaga es una vieja casa solariega, del siglo XVI, cuyos trabajos de rehabilitación duraron tres años. Su patio interior resulta realmente agradable y especial. En él, uno se siente transportado a otro lugar, a otro tiempo. Paula sabe cuidar estos detalles. Tiene muy en cuenta lo que disfruto al alojarme en sitios especiales, y mi predilección por los hospedajes en edificios históricos. Para esta ocasión, ha elegido un singular alojamiento en el que uno puede trasladarse a una época pretérita en la que la vida era más real y, por supuesto, mucho menos virtual. Entre sus muros, por momentos, uno puede dejarse llevar por la imaginación y sentirse como un personaje de una historia convertida en polvo por el avance inexorable del tiempo. El jardín, cuidado y de un verde intenso, es atravesado por un pequeño puente de cuento. Los cipreses, espigados, se estiran infinitos en un intento infructuoso por alcanzar con sus copas el cielo. La decoración, austera, en la que prevalece la madera, aporta un toque de autenticidad a tan noble establecimiento. 


Después de registrarnos y dejar el equipaje en nuestras respectivas habitaciones, regresamos al coche y ponemos rumbo al centro de la ciudad. El hotel se encuentra en la zona rural este de Vitoria-Gasteiz. La idea es visitar el casco antiguo. Deseo pasear por sus calles, perderme por ellas durante unas horas y evocar por momentos la atmósfera que debía respirarse en aquella joven población a finales del siglo XII. Sara parece haberse relajado un poquito. Se la ve algo más calmada, aunque su mirada denota un halo de tristeza. 

—¿Estás un poquito más tranquila?

—Sí. Sé que a veces pierdo un poco los papeles pero, para mí, el trabajo que hago es muy importante y no me gusta faltar a mi palabra. Estoy tratando de buscar una tienda donde pueda comprar los mismos zapatos. He llamado a un par de ellas, pero me dicen que no tienen ese modelo.

—Te he dicho antes que no te preocupases —le digo mientras la miro apartando mi atención de la carretera por unos instantes—. Cuando hemos llegado al hotel, he llamado a Pau para ver cómo estaba y qué le había dicho el médico. He aprovechado para comentarle el tema de tus zapatos y, diez minutos más tarde, me ha enviado un mensaje diciéndome que había hablado con Miguel y que dentro de un rato te llamará para ver cuáles son los que necesitas. Pasará por tu casa y se los pedirá a tu compañera de piso. Para mañana a lo largo del día, los tendrás en el hotel sin mayores problemas.

—¿En serio? —me pregunta esbozando una enorme sonrisa—. ¡Gracias, gracias, gracias!


Antiguamente llamada Nova Victoria, esta ciudad, tan bella y especial para mí, fue el lugar que me vio nacer. En ella crecí, me inspiré y pude disfrutar de multitud de momentos mágicos y, por qué no decirlo, algunos un tanto oscuros. Es en ella, también, donde comienza la historia que llevará al lector a embarcarse en una aventura basada en hechos históricos. Acontecimientos ocurridos en los últimos años del siglo XII. Por aquellos tiempos, se vivía en aquella villa amurallada, recién fundada por el rey Sancho VI de Navarra, el Sabio, un crecimiento exponencial que transformó por completo la pequeña aldea de Gasteiz, ubicada al norte de la Península Ibérica, en la que con el tiempo llegó a ser la urbe que recibió, entre otros ilustres personajes, a Napoleón Bonaparte o a Adriano VI —quien fuera regente de Castilla y papa de la Iglesia católica—.  

Caminamos durante poco más de una hora por las estrechas calles del casco antiguo de la ciudad. Contemplo las diferentes secciones de la muralla que aún hoy se conserva en pie, palacios cuya historia daría para escribir no pocas novelas y pequeñas tiendas de artesanía donde uno puede hacerse con piezas únicas trabajadas con cariño y esmero. La arquitectura actual de esta zona de la ciudad es una mezcolanza de estilos. Si miramos sus edificios, podemos observar el contraste entre hermosas casas antiguas —completamente restauradas—, y construcciones modernas, más o menos cuidadas. También nos encontramos algunas casas abandonadas. Mi sensación, de cierta tristeza, resulta de ver el gran potencial sin explotar de un lugar, que, antaño, debió ser realmente hermoso. Aun así, aún conserva buena parte de la belleza que el paso de los siglos no ha logrado borrar. Como resultado, nos ofrece un hermoso entorno por el que merece la pena pasear. Mientras nos dejamos llevar por sus entramados de calles en forma de almendra, rememoro momentos de mi adolescencia que con el tiempo fui olvidando en alguna parte de mi mente y que, ahora mientras camino por estos rincones tan familiares para mí, regresan a mi presente y lo hacen mientras emanan a borbotones. Sara, en cambio, parece distraída. Se la puede ver nuevamente alegre, incluso divertida, mientras juguetea con su teléfono móvil. Dedico  unos momentos a contemplarla, al tiempo que la veo alejarse unos metros por delante de mí. Hasta este momento no he tenido ocasión de pararme a observarla detenidamente. Es una joven alta, aproximadamente de mi misma estatura. Su cabello, largo y oscuro, va clareándose suavemente a medida que avanza hacia sus puntas tornándose en un tono castaño claro. Este cae sobre su espalda acariciándola con delicadeza mientras camina. Viste una falda marrón corta, sin medias, que combina con unas botas altas que parecen proteger, solo en parte, sus piernas del gélido frío. El cuello vuelto de su jersey blanco asoma por encima de una ajustada chaqueta negra. Su andar ágil, de paso largo, hace que por momentos la distancia entre nosotros se transforme en una pequeña brecha. «Qué extraña compañera de viaje», pienso. No me queda claro si ella es mi ayudante o soy yo quien tengo que cuidar de ella.

—¡Perdón, perdón, perdón! —me grita dándose la vuelta mientras comienza a deshacer sus pasos acercándose hacia mí—. Estaba leyendo los comentarios de mi Instagram y se me ha ido la cabeza.

—No pasa nada. Yo también suelo perderme un poco cuando me quedo ensimismado con algo —le respondo quitando peso al hecho de que llevo diez minutos caminando tras ella, casi con la lengua fuera—. Además, el fin de estos paseos no es otro que inspirarme, sentir la brisa del aire en mi cara, contemplar la arquitectura, las gentes. ¿Sabes? Siempre he imaginado que, quienes habitan una ciudad hoy, ya la habitaban siglos antes. Por ejemplo, ¿ves a ese fornido hombre de jersey y pantalón blancos? ¿No te parece que en otro tiempo debió de ser el panadero de la aldea? Pues, cuando miro a toda esta gente que nos rodea, veo a los diferentes personajes de mi novela.

—Mmm… —me mira pensativa haciendo una expresiva mueca apretando sus labios—. ¡Vale, te lo compro! Pero entonces, dime quién sería yo en otro tiempo. ¿Una princesa?, ¿una campesina? o ¿una cortesana?

—En serio… ¡me acabas de dejar sin palabras! —le respondo con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas.


Tras un buen rato caminando, nos detenemos ante la singular placita que da acceso a las escaleras de la vieja catedral de Santa María. Su campanario se levanta imponente ante nosotros. Esta antigua colegiata de estilo gótico, cuya construcción se remonta a finales del siglo XII y principios de siglo XIII, es la primera catedral abierta por obras. Sí, has leído bien. Mientras la lógica nos dice que lo normal es mantener cerrado cualquier edificio mientras se encuentra en obras, en Vitoria-Gasteiz, tuvieron la brillante idea de mantenerla abierta y permitir que sus visitantes pudieran ir conociendo, de primera mano, la evolución de sus trabajos de rehabilitación. Desde entonces, se ofrecen en ella visitas guiadas que permiten acercar, a los amantes de la historia y de la arquitectura, una nueva forma de adentrarse en ellas.

Tal es el impacto de estas visitas en las gentes que hasta ella se acercan, que uno de sus más ilustres visitantes, fascinado por sus misterios y su belleza, estableció con ella un vínculo muy especial. Corría el año 2002 cuando Ken Follet —internacionalmente conocido autor de Los Pilares de la Tierra y de otras obras aplaudidas por crítica y público— realizó una serie de visitas a esta cuasi milenaria catedral, que le llevaron, según se cuenta en los mentideros de la ciudad, a disponer de un juego de llaves que le permitieran visitar este antiguo templo católico cada vez que se viera necesitado de inspiración durante el desarrollo de la continuación de su obra maestra. Un mundo sin fin está inspirada en este edificio medieval que guarda entre sus muros múltiples secretos. Te contaré uno de los más curiosos, al menos para mí, y al mismo tiempo reveladores de cómo transcurría la vida durante la Edad Media. Tras emprender diversos trabajos de excavación, descubrieron una serie de esqueletos enterrados en su interior. Estos cuerpos, que estaban perfectamente alineados, se encontraban orientados de tal forma que los pies apuntaban hacia el altar mayor. Al mismo tiempo, descubrieron un nuevo grupo de esqueletos perfectamente colocados —esta vez sobre el mismo altar, pero situados de forma invertida a los anteriores—. Después de teorizar sobre las condiciones de estos enterramientos, así como debatir sobre el porqué de la forma en que habían tenido lugar de esta manera, llegaron a la siguiente conclusión: todo se había debido a un propósito muy bien definido. Tan firme resultaba la creencia de estas gentes en la futura resurrección de los muertos con la llegada del final de los tiempos, que, muy pragmáticos ellos, habían tratado de facilitar el trabajo a estos viejos esqueletos cuando les llegara la hora de despertar de su largo letargo. De esta manera, los feligreses habían sido situados de tal forma que, al resucitar e incorporarse mirasen hacia el altar. En cambio, los sacerdotes se encontrarían perfectamente dispuestos para oficiar la misa con la que celebrar la resurrección de los muertos y la llegada del Reino de Dios. 


—¿No tienes hambre? ¡Yo estoy hambrienta!

—Sí, es cierto. Se ha hecho bastante tarde —digo mientras miró la hora en mi teléfono móvil—. ¿Dónde te apetece comer?

—¿Qué mejor sitio que ese? —responde señalando el que durante años fue considerado el restaurante de mayor prestigio de la ciudad—. Es el sitio ideal para un escritor de novela histórica, ¿no crees?

—¡Cierto! Aunque creo que vamos a tener que preparar la cartera. Yo estaba pensando más bien en comer unos pinchos en alguno de los bares de la zona.

—¿Pero no eres un escritor rico y famoso? —pregunta totalmente convencida de que en realidad lo soy.

—¿Rico? Si se podría decir que ni la camisa que llevo es mía —digo como el mago que termina su magia con un tachán—. ¿Escritor? Sí, en ciernes. Y en cuanto a famoso, creo que ya ni mis viejos amigos me reconocen. Aun así, si es su menester, mademoiselle, creo que podremos pagar una comida en este restaurante de postín. 


Situado bajo la Catedral Vieja y custodiado por la Casa-Torre de los Anda, se encuentra el restaurante El Portalón. Se trata de una vieja casa de postas cuya historia se remonta a la Baja Edad Media. Este viejo hospedaje, que ofrece cenas dramatizadas a quienes buscan llevar la experiencia gastronómica a un punto sin igual, alberga entre sus muros una pequeña capilla. El lugar, que aún en pleno siglo XXI conserva su aire medieval, debe su nombre al enorme portón de acceso que uno ha de traspasar si desea acceder a este templo dedicado a la cocina vasca.

Mientras degustamos una sabrosa comida y damos buena cuenta de un crianza de Rioja Alavesa, Sara se muestra animada —no sé si realmente porque se siente a gusto en mi compañía o simplemente por los efectos embriagadores del vino—. La conversación fluye.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Por supuesto —le respondo con amabilidad.

—¿Por qué comes tan raro? No entiendo cómo puedes ver una carta llena de cosas deliciosas y pedir tan solo unos tristes espárragos y unos pobres pimientos rojos. 

—Mmm… —dudo durante unos segundos mientras trato de ordenar mi cabeza para responder de la forma más inteligente posible—. Vamos a ver… En realidad no son ni tan tristes ni tan pobres. Puede que no sean los platos más espectaculares de la carta, pero están deliciosos. De todas formas, tiene una explicación. Hace un tiempo estudié la cultura taoísta y quedé ciertamente marcado por ella. Eran realmente sabios. Su forma de entender la vida la aplicaban a todo: a la alimentación, la salud, la guerra, las artes marciales, la espiritualidad e incluso a la intimidad entre un hombre y una mujer. Todo era regido bajo unas máximas muy bien definidas. Los hombres y mujeres de la época fácilmente sobrepasaban los cien años. Además, el nivel de armonía de su cultura era muy superior al de la nuestra. Ellos observaban la naturaleza y aprendían de ella. Su gran sabiduría nacía del deseo de fluir con la vida, evitando ir en su contra. De esta forma, observaban cómo se alimentaban los pájaros y veían que estos nunca mezclaban sus alimentos; o comían gusanos y lombrices o comían semillas. Así es como fueron entendiendo que, durante cada comida, el hombre debe elegir un solo tipo alimento: o come hidratos de carbono, o proteínas o grasas. Por eso yo, cuando como, elijo siempre un solo grupo de alimentos y trato de mezclar lo menos posible. ¿Te he aclarado tu duda? —le pregunto con una amplia sonrisa que delata cuan orgulloso estoy de mi sabia respuesta.

—Supongo que sí… —me responde con cara de póquer—. No sé, se me hace raro ver que no has comido nada desde que salimos de Madrid hasta ahora, y te sientas en un restaurante con platos increíbles y comes lo más soso de la carta. No sé, se me hace extraño.

Eso tiene que ver con algo que la mayoría de la gente desconoce. Mira, en el año 2016 le dieron el Premio Nobel a un científico japonés por descubrir un proceso denominado autofagia. Explicándolo en pocas palabras: descubrió que el cuerpo tiene un mecanismo de limpieza que resulta sorprendente. Para ponernos en situación, debemos entender que el ser humano hace miles de años no estaba precisamente acostumbrado a comer tres, cuatro o cinco veces al día, tal y como hacemos ahora. En no pocas ocasiones, pasaban días sin poder llevarse nada a la boca. Cuando esto sucedía, aunque parezca extraño, el cuerpo debía comerse a sí mismo para obtener energía. De ahí lo de autofagia. Al hacerlo, elegía todo aquello de lo que podía desprenderse. Al tiempo que lograba energía para seguir viviendo, limpiaba todo su organismo de lo que ya no resultaba deseable. El caso es que ahora, como nos pasamos comiendo todo el día, este proceso ha quedado completamente relegado. De esta manera, el cuerpo al no limpiarse, se enferma. Inspirados en este descubrimiento, algunos expertos propusieron ayunar como forma de sanar el cuerpo y mantenerlo en buenas condiciones. Una de las formas de hacerlo es ayunar intermitentemente. Yo mismo, de forma habitual, dejo de comer como muy tarde a las nueve de la noche. No vuelvo a comer nada sólido hasta la comida del día siguiente —nuevamente henchido con mi respuesta, creo apreciar equivocadamente cómo mi acompañante me mira interesada.

—En serio, ¡no sé cómo puedes ser tan aburrido! —responde con desdén, mientras yo abro los ojos como platos—. ¿Pero no te cansas de tratar de tener todo controlado y de tener respuesta para cada pregunta?

Una punzada atraviesa mi estómago. Acaba de dejarme completamente desarmado. La miro pensativo. Me siento dolido, avergonzado. Reconozco en mí una sensibilidad a flor de piel que me lleva a sentirme agredido cuando alguien se muestra hostil conmigo, más cuando yo no he dado pie a ello. Pero, lo cierto es, que más allá de lo justo o injusto de su apreciación, del momento elegido, de las formas, no le falta razón.

—Pues para serte sincero…, sí. Lo cierto es que acabo agotado a diario —respondo mientras la miro a los ojos y ella me mantiene la mirada.

—¿Sabes una cosa? Te diré algo. No sé cómo pero lo vamos a solucionar —su voz suena cálida, protectora—. ¡Además, te debo una! Por cierto, me avisó Miguel de que los zapatos salían esta tarde para Vitoria y que estarían sin falta mañana antes de las dos en el hotel. 


Estamos citados a las seis de la tarde en la universidad, y disponemos de algo de tiempo. Quiero hacer unas fotografías de la ciudad y tomar algunas notas. Teléfono móvil en mano, comenzamos a pasear por las calles del centro mientras nos dirigimos hasta el campus universitario. Bajamos las escaleras de la iglesia de San Miguel que dan a la plaza de la Virgen Blanca. Atravesamos el parque de La Florida y enfilamos el paseo de La Senda. Sara ha dejado de lado por un rato su móvil, y juntos compartimos diferentes recuerdos de los lugares por los que pasamos. Pronto resulta evidente que hemos vivido una Vitoria-Gasteiz muy diferente. Ella es miembro de la generación Z, yo de la que nació con la Constitución del setenta y ocho. Hemos nacido en el mismo siglo, pero por escaso tiempo no pertenecemos a distintos milenios. Ella ha crecido con Pokemon, Los lunnis y Las supernenas, yo con David, el gnomo, Los mosqueperros y La vuelta al mundo de Willy Fog. Tenemos tanto en común como la noche y el día.

—¿No se te hace raro alojarte en el hotel y no hacerlo en casa con tus padres? —le pregunto.

—En realidad un poco. Pero cuando Pau me dijo que te parecía bien que la sustituyese, pensé que la mejor idea era hacer el viaje como si viajara a una ciudad nueva para mí, y no avisar a nadie de que venía. Mi madre me hubiera vuelto loca para que fuese a casa, y eso que estuve con ellos hace tan solo dos semanas —me responde mientras se acomoda el flequillo detrás de una de sus orejas.

—¿Y tú?, ¿tampoco has avisado a nadie?

—En realidad hace ya varios años que me fui de la ciudad y, ciertamente, no tengo mucha relación con nadie. Me he vuelto un hombre solitario de esos que aman estar consigo mismos.

—Vaya, siento que te hayas vuelto tan solitario —me dice con cara de lástima.

—¡Pero si me encanta! No me entiendas mal. Me gusta la compañía y me encanta compartir experiencias y momentos. Pero hay una paz que encuentro cuando estoy en mi mundo, que no logro encontrar cuando estoy con otras personas. Bueno, sí. A veces, cuando logro conectar con alguien, experimento una sensación similar. Es como si algo profundo en mí conectase con algo profundo en la otra persona. Pero, lo cierto es que esto cada vez me resulta menos habitual. Últimamente percibo que es mucho más difícil encontrar personas con quienes conectar. En ocasiones he llegado a creer que vivo en un juego de ordenador, y que quienes me rodean son como personajes del sistema sin más programación que un hola, un cómo estás y un adiós.

—Pues no sé qué decirte… Es cierto que yo a veces veo que la gente va a lo suyo y que no se para ni a mirarte a los ojos cuando te tiene enfrente, pero tampoco le doy muchas vueltas —su gesto muestra cierta indiferencia—. Por cierto, ¿por qué no me haces unas fotos? ¡Me irían genial para subirlas a mis redes!  

Nos detenemos junto a la hermosa casa-hotel situada en pleno paseo de La Senda, el palacio Elvira Zulueta. Nos adentramos en sus jardines y contemplamos la belleza de su arquitectura. Se respira un aire muy especial, como si al acceder a su jardín uno se hubiese trasladado a un entorno de novela. Recuerdo haber soñado, durante mi adolescencia, con llegar a vivir en ella algún día. Fue para mí el escenario de la obra de Evelyn Grey, El castillo de Caberleight, mientras lo leía cuando aún era un pipiolo. Lo cierto es que siempre fui un romántico y ya por aquel entonces, un halo de idealismo impregnaba la mayor parte de mis pensamientos y de mis sueños. 

Sara recorre el jardín posando en divertidas posturas. Coloca su pie en un banco destacando una de sus botas, se sitúa de perfil apoyada en el pasamanos de piedra de las escaleras de acceso o hace gestos con sus manos como si estuviese presentando este bello palacio a un público imaginario. Yo, la fotografío divertido con la cámara de mi móvil.


Son las seis en punto de la tarde cuando ascendemos por las escaleras de ingreso al edificio de la Facultad de Letras. Allí hemos quedado con Roberto, un joven profesor de historia medieval que lleva varios años estudiando los secretos de la ciudad. Después de las presentaciones, nos dirigimos a su despacho. Sara saca de su bolso su iPad y comienza a tomar notas de cuanto hablamos al tiempo que descargo una batería de preguntas, respondidas con exquisita gentileza, por parte de nuestro interlocutor. En tan solo cincuenta minutos de visita, hemos podido hacernos una idea de las particularidades de la villa a finales del siglo XII, y de algunas curiosidades que guardo para mi novela, Cuando el negro se vuelve azul. Durante nuestra despedida, Roberto nos propone cenar juntos al día siguiente. Nosotros, gustosos, aceptamos su invitación.


 De regreso al centro de la ciudad para recoger el coche, decidimos comer algo antes de regresar al hotel. Lo cierto es que Vitoria-Gasteiz es para mí hoy una ciudad desconocida. Las ocasiones en las que he regresado a ella no he dispuesto de excesivo tiempo para ponerme al día de los cambios que la han ido transformando —de igual forma que la vida me ha trasformado a mí—. De este modo y teniendo en cuenta mi falta de ideas, Sara pone rumbo fijo a un restaurante hacia el que, nada más oír la palabra cenar, ha saltado como un resorte emocionada con visitar su local favorito. Yo, como ya comienza a ser habitual, acabo viéndome arrastrado por su impetuosa juventud.


Sentados a la mesa del que recuerdo como un local de copas en el que no hace tantos años disfrutaba con amigos de las noches de fiesta, comprendo de forma clara el porqué de la elección de este entorno para sentarnos a cenar. Si la carta promete lo que ya nos ofrece su singular decoración —cuidada con gran mimo y originalidad—, estoy seguro de que la ocasión será digna de recordar. El Restaurante Zabala, ubicado frente a uno de los laterales de la plaza Nueva, junto al antiguo Banco de España y bajo la histórica plaza del Machete —nombre que recibe por los ajusticiamientos que en ella tenían lugar en épocas pasadas— es una auténtica delicia para los sentidos. Si uno pudiera alimentarse de belleza, desde luego, aquí, podría darse un banquete. Nuevamente, como viene siendo costumbre en los restaurantes que frecuento últimamente, la carta ofrece una gran variedad de platos suculentos. Yo, limitado por mi dieta, elijo entre ella lo que mejor se adapta a mí. La cocina, por supuesto, no desmerece de mi primera impresión al sentarme a la mesa.

—Me resulta preciosa la decoración. ¡Realmente es increíble! Parece mentira el enorme cambio que han dado al local. Lo recuerdo como un lugar de cierto nivel, pero si antes ya tenía un punto elegante como bar de copas, hoy me tengo que quitar el sombrero ante el magnífico trabajo que han hecho —le digo mientras recorro con la mirada cada detalle digno de observar a mi alrededor—. ¿Sabes una cosa? Para mí es realmente importante la belleza y la armonía. Podría parecer que es algo superficial y materialista, pero en realidad es algo que siento de forma más profunda que el simple hecho de gustarme las cosas bonitas. No sé, es como si algo en toda esa armonía y belleza que uno a veces puede contemplar me hiciera… no sé… sentirla como algo familiar, como si de alguna forma tuviera algo que ver conmigo aunque no supiera muy bien el qué. Lo malo es que no pocas veces, para acceder a ello, uno tiene que disponer de un enorme cofre lleno de piedras preciosas y monedas de oro.

—Sí, es cierto. La mayoría de las cosas que merecen más la pena suelen ser bastante caras. Yo misma lo veo con la moda. Vale, que sí, que hay cosas baratas que pueden estar muy bien, pero cuando algo realmente me encanta, normalmente he de reconocer que no suele ser precisamente barato. A mí no es algo que me haya preocupado nunca. Supongo que el dinero nunca fue un problema para mí. De todas formas —me habla mientras parece analizarme con detalle— no te conozco prácticamente, pero, por lo que he podido ver a lo largo del día, no parece que estés muy dispuesto a pagar su precio. Si es tan importante para ti, ¿por qué te cuesta tanto pagarlo? 

—Es que en realidad, lo que te he dicho este mediodía mientras estábamos decidiendo dónde comer, era completamente cierto. Prácticamente ni esta camisa que llevo es mía. 

—A ver, ¿cómo que no es tuya?, ¿me tomas el pelo?

—En realidad todo este proyecto no lo estoy pagando yo. Quien pone el dinero para que pueda escribir mi novela es un viejo amigo que, aún no sé muy bien por qué, decidió invertir en ella. Abrió una cuenta y puso una tarjeta a mi nombre. Solo me dijo, «gasta todo lo que necesites». Lo cierto es que dinero no le falta. Pero, aun así, siempre trato de gastar lo menos posible a pesar de que él insiste en que no repare en gastos.

—Pero entonces, ¿cuál es el problema, chiquillo? —me dice haciendo grandes aspavientos con sus manos—. Si alguien te invita, tú lo aceptas. Das las gracias y ya está. ¿En serio que tienes cuarenta años? Porque parece que aún tienes mucho que aprender —dice en tono divertido.

—Pues no te falta razón. Aunque no sé si aún estoy en edad de crecer —le digo sin saber muy bien realmente si sería capaz de llegar a cambiar. Mi expresión delata mi duda.


Llegamos al hotel y aparcamos el coche en el aparcamiento. Son pasadas las diez de la noche. El día ha sido largo. Tan largo que pareciera haber sido meses. Estoy cansado pero mi cuerpo se mantiene despierto. Aun siendo una jornada tranquila, muchas son las emociones que se han desbocado en mí: la ansiedad por el viaje, la incertidumbre acerca del devenir del proyecto, la intensidad por momentos que Sara me transmite. Pero, sobre todo, supongo que gran parte de mi tensión tiene que ver con el hecho de que hay algo en lo vivido en las últimas horas, que me lleva a sentir que no soy yo quien tiene el control.

Ya en mi habitación, tras ponerme cómodo, dedico unos minutos a hacer una sesión de tai chi con el fin de canalizar toda la energía que, por momentos, acelera mi mente más de lo que me gustaría antes de la hora de dormir.


Levanto la mirada al tiempo que dejo de presionar las teclas de mi ordenador. Los primeros rayos de sol iluminan con suavidad el cristal de la ventana que tengo enfrente. El mundo dormido que parecía rodearme hace tan solo unos instantes comienza a despertar. Llevo despierto hora y media. Me siento vivo, fresco. Cuando he bajado a recepción, tras tomar una cálida ducha, el hotel aún dormía. Me he acomodado en una silla y, desde entonces, son ya dos cafés con leche de los que he dado buena cuenta y siete páginas escritas. Uno de los fines de mis viajes no es otro que el de poder escribir algunas partes de la novela inspirado por los lugares donde su argumento transcurre. Si describo una puesta de sol, quiero poder tener la ocasión de hacerlo mientras la observo, allí, desde donde esta se produjo, a pesar de que ahora acontezca en una época muy distinta. En ocasiones, cuando pienso en la importancia que para mí tiene esto, me descubro ante la extraña idea de que aunque todo parezca ser completamente diferente y estar en constante cambio, en realidad en todo proceso de transformación siempre existe algo que permanece. Cada puesta del sol no puede sino ser diferente. A su vez, cada atardecer, el observador ya no es el mismo que lo fue, pero, en quien observó ayer y quien observa hoy hay algo común que de alguna forma prevalece. Tal vez la consciencia que va más allá de ti y de mí, de aquel y este, del uno y el otro. De esta forma, cuando relato un amanecer, las caricias de dos enamorados, un relámpago que ilumina el oscuro horizonte o el canto de un ruiseñor en los jardines de un palacio, siento que, de alguna forma, como narrador de ese momento revivo cada amanecer que el mundo ha conocido, cada tormenta y cada canto de pájaro ya sea este ruiseñor, colibrí o golondrina. ¿Recuerdas al hombre vestido con jersey y pantalones blancos del que hablé con Sara ayer? Cuando observo a algunas personas, hay momentos en los que si soy capaz de sentir y no pensar, puedo percibir una sensación que sin ser imagen, palabra ni pensamiento, trae consigo la visión de que hay algo más en ellas de lo que a simple vista puede llegarse a ver. Ese algo que hoy está aquí, ayer lo estuvo allí y mañana… mañana quizás esté acá, allá o acullá.

—Hola —oigo una voz alegre a mi espalda—. ¿Dormiste bien?

—¡Buenos días, Sara! Sí, muy bien. La cama era muy cómoda y el sueño fue reparador —le respondo mientras observo que lleva puestas una mayas estampadas, zapatillas deportivas rosas y una camiseta térmica de manga larga—. ¿Tú dormiste bien?

—No dormí mal, la verdad. Pero lo cierto es que tampoco me pareció tan cómoda la cama. Es lo que tienen lo sitios así… 

—¿Así?, ¿cómo que así? —le pregunto un tanto sorprendido— ¿No te gusta el hotel?

—Sí, no está mal para pasar la noche, pero no es de mi estilo. Tiene su gracia todo este rollo de palacio antiguo y esas cosas. Es bastante bonito. Pero está claro que no es un hotel de cinco estrellas. Cuando estoy alojada en un hotel, a veces me gusta darme un baño en la piscina antes de ir a dormir, pero este no tiene piscina. Tampoco tiene gimnasio. Al menos, cuando me he despertado, he salido a correr aprovechando el fantástico entorno. Necesitaba soltar un poco de energía. Voy a darme una ducha y me preparo, ¿te parece?

—Sí, claro. Pero recuerda que hemos quedado con el doctor Gibson y no quisiera hacerle esperar.

Veo como se aleja con paso ágil y grandes zancadas. Sus pasos denotan seguridad. Se ve despreocupada. No acabo de terminar de cogerle el punto. Hay una parte de ella que se percibe tranquila, madura, dulce. Por momentos parece empatizar conmigo. Otra parte, en cambio, la percibo como una niña caprichosa, inmadura y consentida. Por ejemplo, me sorprende su apreciación sobre el hotel. Es cierto que es un hotel de tres estrellas y que no tiene ni el tamaño ni los servicios de uno de cinco estrellas, pero se puede respirar en él autenticidad, su belleza rústica, sencilla. Es el lugar ideal para disfrutar de un espacio tranquilo y acogedor. Lejos del ajetreo y de las decoraciones un tanto asépticas de los hoteles de lujo vanguardistas, es un hospedaje donde uno puede respirar su esencia. Y yo, sin duda, soy un enamorado de lugares como estos.


El doctor Gibson nos recibe en su elegante apartamento, ubicado en un bello palacete cercano al palacio Elvira Zulueta que visitamos ayer, el mismo que fue escenario de las fotos que esta mañana ha publicado Sara en sus redes sociales. Nuestro anfitrión es un hombre alto, más alto que yo que apenas sobrepaso el metro setenta. De pelo lacio y poblada barba blanca, es la viva imagen de Ernest Hemingway. Su mirada noble y sus exquisitos modales británicos muestran a un hombre cercano, de carácter afectuoso y muy educado. Sara parece fascinada por su presencia. Él, encantado con la belleza de mi joven acompañante vitoriana.

—Buenos días, doctor Gibson —le digo mientras estrecho su mano—. Antes de nada me gustaría agradecerle que nos reciba. Lo cierto es que era algo importante para mí. Mario me habló de su trabajo y, sinceramente, cuando lo hizo, quedé fascinado con él.

—Será un placer ayudarle. Mario me dio muy buenas referencias suyas y habló de usted con admiración y cariño —su fuerte acento británico dificulta que pueda entender con claridad sus palabras—. Lo único que lamento es que mi bajo nivel de español resulte un problema. Tampoco su inglés es muy bueno por lo que me comentó en su email, ¿no es así?

—¡Cierto! Para solucionarlo, he venido acompañado por Sara. Ella nos ayudará a entendernos sin problemas.

Entramos en una pequeña sala de estar. Un gran ventanal, que da acceso al balcón, ilumina la estancia mientras nos acomodamos en el largo sofá y las dos butacas que forman parte de su mobiliario. De las estanterías, repletas de libros, emana una fragancia de cuero y papel que se mezcla con el intenso aroma de los lirios blancos que decoran la estancia. La escena resulta reveladora. La luz resplandeciente que se cuela desde la calle ilumina cada partícula de polvo que flota en el ambiente, aportando una luminosidad que presagia la trascendencia de la conversación que está a punto de comenzar.

—Deseo contarles algo que resulta de vital importancia para entender todo lo que hoy vamos a hablar aquí. Sin tener esto en cuenta, todo lo que oigan probablemente carecerá de sentido para ustedes —el brillo de su mirada desvela la pasión que hay en sus palabras—. Históricamente el mundo ha sido un enorme campo de batalla. En él se han producido, desde la antigüedad, infinidad de conflictos y guerras. Muchos han sido los motivos que los han originado, y mucho podemos hablar de ellos. Podemos investigar, acceder a textos y registros antiguos. Es a través de ellos como tratamos de conocer la historia. Como investigador, esto es algo que he venido haciendo a lo largo de toda mi vida. Pero, desde muy joven, mientras trataba de componer este gran rompecabezas formado por miles de acontecimientos que se nos presentan, sentía que había algo en él que no acababa de encajar. Algo en todo ello no cuadraba. Un día, justo después del partido que midió a Inglaterra con Argentina en el Mundial de México de 1986, algo cambio para siempre mi forma de entender la historia y una nueva dimensión apareció ante mí, llevando mis investigaciones hacia una línea completamente diferente. La casualidad hizo, que, durante aquellos días, me encontrara en la ciudad de Buenos Aires. Estaba desayunando en mi hotel y tenía ante mí varios periódicos que estaba ojeando. Todos ellos recogían en portada el resultado del partido. Unos, los argentinos, mostraban el milagro acontecido en lo que no dudaron en declarar como la mano de Dios. Otros, los diarios ingleses que el hotel había tenido en consideración traer para los clientes británicos, hacían una crítica enfurecida acerca de cómo Maradona había mancillado el futbol y su falta de deportividad había dado lugar al mayor escándalo de la historia de los mundiales. Ante aquel enorme contraste que se presentó ante mí, en el que un país entero catalogaba como obra de Dios la acción vil de un pequeño jugador que otro país catalogaba como ofensa a los valores deportivos, me llevó a preguntarme qué pasaría si a uno de los dos bandos le fuese arrebatada su voz. Entonces, como si de una epifanía se tratará, entendí de golpe que toda la historia había sido escrita por los vencedores, quienes, con frecuencia, silenciaron sin miramientos a los vencidos. Tal fue esta privación de la posibilidad de aportar su visión a la historia por parte de aquellos a los que vencían, que quienes habían ganado aniquilaban por completo todo resto de sus enemigos. Mataban a todos los hombres y a todos los niños. Tan solo dejaban con vida a las mujeres, a quienes hacían suyas. De esta forma la voz que narra la historia tiene en común que es una sola, la de los vencedores. En las pocas ocasiones en que los vencidos han podido ofrecer su versión de los acontecimientos, esta ha sido totalmente tutelada por quienes se habían impuesto a ellos. Esta apreciación, que si bien es conocida por la gran mayoría de nosotros, en realidad nunca se ha llegado a tener en cuenta. No interesa. Dado que la historia se sigue narrando por parte de los ganadores, se mantiene vigente la tradición de silenciar a los perdedores. Hoy en día, nos encontramos ante una historia escrita a medida por quienes ganaron las guerras. Gran parte de la literatura, del cine o del conocimiento que se transmite en el ámbito académico ha sido manipulado. Es demasiado frecuente ver cómo hemos elevado a auténticos demonios a la categoría de dioses. La masa embrutecida históricamente ha facilitado la labor.

—Lo cierto, profesor, es que lo que comenta es algo en lo que creo firmemente desde hace muchos años. Lo realmente sorprendente para mí es oírlo en boca de un doctor en historia y reconocido lingüista como usted.

—¿Quiere decir que toda la historia tal y como la conocemos es una gran mentira? —Sara se dirige a él con expresión de sorpresa.

—No, en realidad ese es el problema. Buena parte de la historia es real, pero esta ha sido manipulada de tal forma que ha dejado de tener todo su sentido. Por un lado han sido extirpadas de ella partes que no interesa que sean de dominio público. Esto, sin duda, ha alterado por completo el devenir de nuestras sociedades y la forma en que hoy vemos la vida. Por otro lado, otras partes son contadas de una forma sesgada, y, con demasiada frecuencia, se ha dado lo bueno como malo y lo malo como bueno.

—¿Y cómo podemos conocer la historia si la mayoría de los registros han sido manipulados? —le pregunto mostrándole mi interés.

—Lo cierto es que este no es un trabajo fácil, más aun después de tantos años como han pasado desde que ocurrieron algunos de los acontecimientos más importantes de nuestra historia. Pero, ¿recuerdan que les he dicho que era habitual que los vencedores aniquilaran casi a la totalidad de sus enemigos, salvo a las mujeres? Pues las mujeres con frecuencia, por su propia supervivencia, no tenían más salida que permitir ser sometidas por quienes habían matado a sus esposos y destruido su cultura. Pero muchas de ellas tenían el propósito claro de mostrar al mundo la verdad. Entre las formas de hacerlo entendieron que lo más efectivo era poner nombre a las cosas y hacerlo usando sus propias lenguas que, poco a poco, fueron perdiéndose. Ellas eran las que criaban a los hijos, las que les enseñaban a hablar y quienes, con frecuencia, tenían el honor de inspirar el nombre de los elementos de su entorno. Mientras los hombres se ocupaban de la guerra y de extender su dominio, ellas de forma sutil y en gran medida de forma intuitiva, mantenían parte de sus recuerdos vivos usando las raíces de su propia lengua. De esta forma, han llegado hasta nosotros, hoy, palabras que en sí mismas tienen un doble sentido, una doble interpretación; significados en muchas ocasiones completamente diferentes. Además, y he aquí la clave, esa segunda interpretación que guardan puede llegar a descubrirse gracias a una antigua lengua primigenia.

—¿Nos está queriendo decir que la verdadera historia de la humanidad se encuentra codificada en las diferentes palabras de las lenguas que se hablan hoy en día? —mi mirada muestra mi asombro y una fuerte ansiedad por oír la respuesta.

—Sí, y no solo eso. Hemos podido recuperar buena parte de esta lengua primigenia. Esto nos ha permitido revelar una nueva interpretación de los eventos acontecidos hasta la fecha. Algunos resultan un tanto perturbadores.

—Y ese idioma del que habla, ¿cómo podría aprenderlo? —le pregunto decidido a explorar la fascinante vía que se abre ante mí.

—En realidad es algo muy sencillo. Solo tiene que saber hablar euskera y ya dispondrá de buena parte de la base que necesita conocer para poder entenderlo. La lengua de esta tierra, dado que se ha mantenido aislada durante largas épocas del dominio de las diversas culturas que han dominado el mundo, guarda aún gran parte de las raíces de aquella lengua. Es por ello por lo que me trasladé hasta Vitoria para seguir con mis investigaciones. 

—¿En serio? Sinceramente resulta increíble. Eso sí, muy en la línea de mis propios trabajos de investigación. ¿Y qué nos puede contar de esa nueva historia que revela nuestro viejo lenguaje? —cuestiono deseoso de descubrir algunos de sus secretos.

—Le diré algo. No voy revelarle nada. Si lo hiciera, usted probablemente, o me llamaría loco o se lo creería a pies juntillas. Cualquiera de las dos opciones no son buenas. Ambas mostrarían una mente limitada —sus palabras dichas en un tono duro contrastan con la amabilidad de su mirada—. Le propondré algo. Hoy puedo decirle que se encuentra en el camino correcto para descubrir la verdad. Eso es lo único que le puedo decir. Pero le invito a que siga este camino. El principal motivo de haber aceptado reunirme con usted es el hecho de que Mario me habló acerca del trabajo que ya había realizado, y de la investigación que estaba decidido a llevar a cabo para escribir su novela. ¡Hágalo! Pero por favor, tenga mucho cuidado. Siga con su trabajo y cuénteme lo que vaya descubriendo. Juntos pondremos en común nuestros diferentes hallazgos y, de esta manera, yo podré confirmar los míos y usted, los suyos. Esto nos acercará sin duda a descubrir la auténtica verdad.

—¡Lo haré! Puede estar seguro de ello. 


Tras despedirnos con efusividad del doctor Gibson, decidimos dar un rodeo y volver al casco medieval disfrutando del hermoso paseo de Fray Francisco de Vitoria. En él se encuentran, entre otras edificaciones nobles, el Palacio de Ajuria Enea —residencia oficial del lendakari de la comunidad autónoma del País Vasco—, el museo de Bellas Artes o el colegio Vera-Cruz de Vitoria. Al pasar frente a este último, podemos contemplar su imponente construcción en forma de castillo que me resulta tan familiar, tan cercana, tan mágica. No en vano, entre sus muros, pasé mi niñez y gran parte de mi adolescencia.

—¿Qué te pareció la conversación con el doctor Gibson? —pregunto a Sara mientras disfrutamos del paseo al tiempo que el día nos regala unos cálidos rayos de sol que tanto se agradecen en una jornada fría.

—¿Quieres que te sea sincera?

—Por supuesto. De hecho agradecería que lo fueras.

—Pues mira, me parece que todo lo que ha dicho es una enorme colección de tonterías. ¿Cómo va a ser el euskera la clave para reescribir la historia? Y además, ¿qué sentido tendría haberla cambiado?

—El caso es que hace años yo hubiera pensado lo mismo. Pero, desde hace ya tiempo, veo que faltan algunas piezas que tan solo aparecen cuando uno cuestiona sus creencias más básicas. Cuando lo hago, las cosas empiezan a encajar mágicamente. 

—De todas formas —dice con tono reflexivo—, me ha recordado mucho a mi abuelo. Cuando estábamos hablando con él, no dejaba de pensar que podrían ser incluso hermanos. Mi abuelo, como siempre dice: «nunca miente». Pensarás que estoy loca, pero ese detalle es lo único que me hace pensar que tal vez esa sarta de locuras puedan tener algo de ciertas. No sé… hay algo en algunas personas que trasmite cierta autenticidad, una sensación que invita a confiar en ellas. En él, como en mi abuelo, percibo ese algo que me lleva a querer creerle a pesar de que vaya en contra de lo que dice mi razón.

—Es lo que yo llamo dejarse llevar por el con-razón —digo mientras sitúo mi mano en mi pecho—. Es decir: dejarse llevar por la razón del corazón. Hace tiempo descubrí que este suele tener razones que la razón desconoce, y con frecuencia, ambos entran en conflicto.

Paso a paso, parando ahora aquí, después allí, charlando y contemplando. El uno, los edificios singulares que vamos encontrando en el camino. La otra, las tiendas de moda. Así llegamos nuevamente ante el restaurante Zabala donde la noche anterior tuvimos ocasión de cenar. Ella se para. Yo me paro. Ella me mira. Yo… yo la miro.

—¡Tengo hambre! —me dice con gesto de chiquilla caprichosa.

—¡No! ¿En serio? ¿No pretenderás que comamos de nuevo aquí? Mira que me encantó el lugar y la comida pero, ¿dos veces en menos de veinticuatro horas? —mis ojos reflejan asombro, incredulidad, sorpresa.

—Jajaja —ríe divertida—. ¡Te estaba tomando el pelo! Te gustó, ¿verdad? Pues creo que este que tenemos justo al lado te gustará también. No te lo vas a creer, pero ambos son dos de mis lugares favoritos. Podría pasarme la vida saliendo del uno y entrando en el otro.

—No hace falta que lo jures. De hecho, por lo visto es lo que vamos a hacer —sonrío mientras niego con la cabeza como muestra de que no puedo creer que, con los cientos de locales que la ciudad nos ofrece, vayamos a comer en dos que se encuentran situados uno junto al otro.


Mientras nos dirigimos a la plaza de la Virgen Blanca, donde hemos quedado con Roberto para cenar, pasamos por la plaza de los Fueros. Esta peculiar plaza, obra del arquitecto Luis Peña Ganchegui y del escultor donostiarra, Eduardo Chillida, que aúna en sí la tradición vasca y las plataformas típicas de los templos griegos, ha sido centro de buena parte de la actividad cultural de la ciudad a lo largo de los últimos cincuenta años. En ella, se han celebrado multitud de conciertos, exhibiciones de folclore vasco y todo tipo de eventos y festejos. Son las ocho menos cinco de la tarde. Acabamos de regresar al centro de la ciudad desde nuestro hotel. Después de dar buena cuenta de los deliciosos platos que nos han servidor en el Restaurante Arkupe, hemos decidido regresar a nuestro alojamiento para buscar los zapatos de Sara. Allí hemos aprovechado para tomar unas notas y para hacer varias fotografías en las que ella ha podido posar con su modelito del día.

—¡Daniel, Sara! —Roberto nos mira con alegría estrechando mi mano y dando dos besos a mi joven compañera de viaje—. ¿Qué tal os está yendo el día?

—Pues ciertamente está siendo muy agradable. Eso sí, si pudiera alguien subir unos grados la calefacción de la ciudad, lo agradecería —le respondo mientras froto mis manos para tratar de entrar en calor—. Lo cierto es que está siendo un placer recorrer tranquilamente sus calles, disfrutar de sus gentes, y, por encima de todo, dar buena cuenta de su gastronomía. Aquí donde la ves, la señorita Sara nos ha salido toda una gourmet. 

—Lo reconozco, me gusta lo bueno —dice con falsa expresión de vergüenza.

—Pues entonces no sé si os gustará la idea que tenía para cenar. Había pensado que fuésemos a cenar unos pinchos. Pero, si lo preferís, buscamos otro plan.

—No sé a él, pero a mí me parece una idea fantástica. Lástima que hoy no sea jueves porque podíamos ir de pintxopote.

—Y pensar que desde que llegamos lo único que he intentado es ir de pinchos y con esta mujer no ha habido manera. ¡Estaría loco si no aceptase la propuesta! ¡Vamos, vamos! No vaya a ser que cambie de opinión —digo mirando a Sara con una mueca burlona.

Tras escasos cinco minutos, llegamos a la calle Sancho el Sabio. Esta calle peatonal, que une la avenida Gasteiz con los jardines de la Catedral Nueva, ha sido durante años uno de los centros clave para quienes acostumbran a salir de pintxopote. Yo mismo la recuerdo como el inicio de mis noches de jueves, en las que tanto disfrutábamos entre amigos de un ambiente festivo y sano que, en no pocas ocasiones, terminaba conmigo bailando tango.

—¿Sabéis? No es casualidad que haya querido traeros hasta aquí, a esta calle precisamente. Como bien sabéis lleva el nombre del fundador de Vitoria, el rey Sancho VI de Navarra —Roberto nos habla mientras va repartiendo las copas de vino que le ofrecen desde la barra—. Pues resulta que este rey conecta la ciudad con la flor y nata de la realeza europea de la Edad Media. La gran mayoría de los vitorianos desconoce que su hija, la infanta Berenguela, se casó con Ricardo I de Inglaterra, mucho más conocido como Ricardo Corazón de León, y, por lo tanto, fue reina de Inglaterra. Ambos reinos están profundamente conectados. Pero claro, teniendo en cuenta que su historia es parte del argumento de tu novela, eso ya lo sabías, ¿verdad? —me mira mientras yo le respondo afirmativamente con una sonrisa—. Mi idea era hacer un guiño a tu libro y brindar porque tenga éxito.

—Precisamente por ese pequeño gran detalle, decidí que la historia debería comenzar en esta ciudad con un pintoresco encuentro entre una jovencísima Berenguela y un Ricardo, por aquella época ya Duque de Aquitania, al que le quedaba todavía un tiempo para ser coronado rey.

—¿Así que Ricardo Corazón de León paseaba por la calle Sancho el Sabio? ¿No sería aficionado al pintxopote?— nos interpela Sara divertida—. En serio, no soy muy amiga de la historia y de andar removiendo los recuerdos, pero resulta interesante imaginar reyes y reinas paseando por la ciudad en la que nací. No sé, podríamos plantearlo como un programa del corazón. ¿No sabéis algo interesante de estos príncipes y princesas para cotillear?

—Mmm… podría contarte un pequeño cascarrillo. No es que sea muy del estilo de esos programas de prensa rosa que por lo visto tanto te gustan, pero, como dato curioso, creo que podría interesarte —Roberto se hace el interesante—. Cuenta la historia que fue gracias al hijo del rey Sancho VI y hermano de Berenguela, el rey Sancho VII, por lo que los reyes cristianos ganaron la famosa batalla de Las Navas de Tolosa. Con su bravura y con su fuerza, no en vano le llamaban el Fuerte, logró decantarla a su favor. Lo que suele dejarse en el tintero es cómo de fuerte era aquel héroe navarro. Durante años se habló de él como un gigante, y no debían estar muy equivocados, porque estudios realizados por varios expertos apuntaron que debía medir entre los dos metros y veintidós centímetros y los dos metros y treinta y uno.

—¡Menuda salvajada! —exclama Sara impresionada— Realmente debió ser un gigante.

—Eso sí que yo no lo sabía. De todas formas, es curioso ver cómo algunos de los reyes de esa época eran enormes. Mismamente, se dice que Ricardo estaba cerca de los dos metros.


Caminamos por la calle en dirección al coche. Hace escasos minutos que nos hemos despedido de Roberto que, por un buen rato y mientras hacíamos nuestra particular ruta de pinchos, nos ha hecho de guía contándonos pequeñas historias de la ciudad. La noche, oscura, nos regala para nuestro deleite la visión de un hermoso cielo estrellado. El ambiente, frío —más que frío, gélido, diría yo—, se refleja en el vaho que emana de nuestra respiración. Sara me toma por el brazo acercándose a mí sin decir nada.

—No te importa que te agarre, ¿verdad? ¡Hace un frío de muerte! —me pregunta mientras siento su cuerpo acercarse aun con más fuerza.

Nuestro auto no queda lejos de donde nos encontramos. Apurados por el frío de la noche, aceleramos el paso. Con el fin de acortar el recorrido, decidimos cruzar la parte vieja, atajando. La calle, a estas horas de la noche, se encuentra semidesierta. Pocos son los transeúntes que caminan por ella. Una pareja pasea a varios metros de nosotros. Un corredor, vestido con mallas negras y sudadera con capucha, nos adelanta trotando por la izquierda. Llegamos junto al coche. Me dispongo a sacar el mando del bolsillo cuando observo a un hombre que se acerca. Algo en él llama mi atención. Es alto, moreno, de buena planta. Viste abrigo largo y bufanda al cuello. Sus ojos, fijos en el suelo mientras camina, se elevan por un instante para mirarme. El azul intenso de su mirada se cruza con la mía y, mientras pasa a nuestro lado siguiendo su camino, mi corazón se agita con fuerza. Se trata del mismo hombre solitario que cenaba, hace dos noches atrás, en el restaurante La Tagliatella de la calle Atocha. Con el mando ya en mi mano, abro la puerta del copiloto para facilitar que Sara se acomode. Doblo el coche por su parte delantera, al tiempo que, justo en el momento que gira en la esquina más próxima de la calle, veo desaparecer al extraño personaje de la escena. «Qué curiosa coincidencia», pienso.


Las primeras luces del día iluminan la habitación cuando abro mis ojos tras un largo y reparador descanso que ha durado más de lo que para mí suele ser habitual. Como cada mañana, acerco mi teléfono móvil para comprobar la hora que es. La pantalla indica la llegada de varios mensajes de Paula.

—¡Hola Daniel! ¿Cómo estás? Espero que esté yendo todo muy bien en Vitoria. ¿Qué tal con Sara?, ¿te está sirviendo de ayuda? ¡Jo! Cuántas preguntas juntas, ¿verdad? Bueno, ya paro que me acelero. Jajaja. Te escribo para decirte que no voy a poder ir contigo tampoco a Burgos. Justo acabo de recibir un mensaje citándome para mañana en la clínica. No veas la rabia que me da. Tenía ya todo preparado para ponerme en marcha.

Tras incorporarme y encender mi ordenador —prefiero escribir desde él cuando tengo ocasión—, respondo a Pau.

—Vaya, qué pena. Pero bueno, las cosas cuando salen así no queda otra que tomarlas como vienen. Al final, lo importante es que te hagan las pruebas lo antes posible y que estés bien. Ya sabes que me encanta tenerte cerca, pero no pasa nada. Ya me encargo yo de todo. Además, buena parte del trabajo está ya hecho. En cuanto al viaje, lo cierto es que todo está yendo muy bien. Mi reunión con el doctor Gibson fue realmente interesante, y Sara hizo estupendamente de intérprete. No es tan buena como tú —quién lo es, ¿verdad?— pero no es una mala ayudante. 


Son las ocho y media de la mañana cuando Sara se sienta a la mesa para desayunar. Yo disfruto de la vista del jardín a través del ventanal. Pide café, huevos revueltos, tostadas y zumo. Yo la observo mientras devora con voraz apetito un desayuno que bien podría alimentar a dos o tres personas. 

—Tienes hambre, ¿eh?

—¡Estoy hambrienta! Hoy me he despertado muy temprano para salir a correr, y he corrido más de la cuenta. Necesito reponer fuerzas. Yo creo que me dejó tan impresionada lo del gigante Sancho, que corría como si me persiguiera —ríe con su ocurrencia.

—Debió ser realmente impresionante verlo sobresalir por encima de los ejércitos. Debía dar miedito. Se liaría a mamporros con todos y así, claro, él solo ganaría las batallas.

—No sé. ¡Yo ya no me creo nada! Después de hablar ayer con el doctor Gibson, ¿quién te dice a ti que esa no sea otra mentira más de esos malévolos hombrecillos que cambian la historia? —dice de forma sarcástica.

—¡Pues también es verdad! Fíjate que lo mismo el gran Sancho era un pequeñajo de poco más de metro y medio que no se bajaba del caballo para aparentar ser un gigante a la vista de todos —respondo siguiéndole la broma.

Los dos reímos con nuestra ocurrencia, mientras seguimos disfrutando del entorno. Ambos sabemos que nuestro intenso viaje llega a su fin y, quienes dos días antes ni se conocían parecen haber hecho buenas migas.

—Quería darte las gracias por tu ayuda. Lo cierto es que ha sido un viaje entretenido y agradable —le digo con tono sincero.

—A mí me ha resultado realmente interesante. Hace unos días no me veía yo hablando de príncipes y princesas, o de conspiraciones para cambiar la historia. Tengo que darle las gracias a Pau por haberme dado la oportunidad de acompañarte. Por cierto, ¿sabes algo de ella? Tengo que llamarle para ver cómo está. 

—Hace un rato hemos intercambiado unos mensajes. Está bien, tranquila. Pero empiezan a hacerle pruebas mañana, así que no podrá venir conmigo a Burgos y me tocará seguir el viaje  solo. Espero que no sea nada, y que pronto esté lista para volver a la normalidad.

—¿Entonces vas a ir tú solo a Burgos? Tenía previsto regresar a Madrid en tren, pero si quieres puedo acompañarte si necesitas ayuda.

—Pues oye, no estaría mal. Pero, ¿no sería un problema para ti?

—Bueno, sinceramente llevo una temporada que me lo estoy tomando con mucha tranquilidad después de acabar la carrera. En principio no tengo nada que hacer, y ayudarte no deja de ser una fantástica experiencia para mí. Pero, eso sí, si te acompaño tiene que ser con una condición. ¡Me tienes que dar galones!

—¿Galones?, ¿cómo es eso? —le pregunto con cara de sorpresa.

—Sí. Quiero tener la libertad de decidir yo ciertas cosas. Por ejemplo, dónde alojarnos. Además, necesitaría que me hicieras un favor. Necesito que hables con Mario para que, él o Miguel, me recojan ropa de casa y me la envíen a Burgos. Ya sabes lo importante que es para mí tener mis cosas cerca. De hecho las fotos que he subido estos días han sido todo un éxito.

—Vale, ¡eso está hecho! Luego hablo con él.

—¿Lo de los galones también? Porque sino, no hay trato —su gesto delata cierta picardía que ya voy conociendo bien.

—Como vos deseéis, milady — respondo mientras le hago una reverencia un tanto exagerada con mi cabeza.

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Viajes de Novela
por Daniel Sotelino
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