Itinerario

Burgos

Un cielo encendido por intensos colores de cálidas tonalidades gira a su ritmo, lento, pero sin pausa, lo hace hacia el negro de la oscuridad que se cierne ante nosotros alcanzándonos por la espalda. Han pasado tan solo cincuenta y cinco minutos desde que dejamos Vitoria-Gasteiz atrás. Sara, sentada a mi lado, gestiona su vida social de código binario pulsando la pantalla de su iPhone último modelo. Mientras, yo dirijo nuestro carruaje de acero, plástico y vidrio, tirado por caballos herrados de caucho y llantas de aluminio, que galopan raudos hacia la antigua capital del reino de Castilla.

—¡Cambio de planes! —exclama Sara rompiendo el silencio que nos ha acompañado durante la mayor parte del viaje.

—¿Cambio de planes?, ¿y eso? —le pregunto.

—He anulado la reserva y acabo de hacer una nueva en otro hotel. Habíamos quedado en que estas decisiones las tomaría yo, ¿recuerdas?

—Sí, por supuesto. Pero… ¡no creas que me acaba de gustar la idea! Mi habitación tenía una bonita cama con dosel. Me alojé en ella hace unos años y realmente era una suite espectacular. Supongo que tocará alojarse en uno de esos hoteles tan modernos que a ti tanto te gustan —digo con resignación—. ¿Qué hotel has elegido? 

—Uno que quizás hasta te acabe gustando —dice como quien trata de estirar un secreto condenado a ser revelado—. En vez de tomar la salida que lleva al centro, tienes que seguir hasta pasar la ciudad.

—¡Espero que no pretendas que durmamos en Madrid! —le digo sarcásticamente.

Desde la distancia podemos disfrutar de una panorámica realmente hermosa de la ciudad. A nuestra derecha, observamos las agujas de su bella catedral iluminada. Tras ella, los restos del viejo castillo y el hotel Abba Burgos. Una postal magnífica de tonalidades ámbar, que se resisten a claudicar ante su ocaso definitivo. La oscuridad de la noche libra una nueva batalla en su guerra infinita con la luz del día.

—Gira a la derecha —me indica mientras yo, solícito, sigo sus instrucciones—. Cuando salgas de la autovía gira de nuevo a la derecha y habremos llegado.

—¡Menuda boquita fina! —exclamo al observar frente a nosotros el perfil de la torre medieval del Hotel Landa, el único hotel de cinco estrellas del que hace gala la antigua capital real.

Después de instalarnos en nuestras habitaciones, y ante la majestuosidad de las instalaciones de este espectacular hotel, propongo a Sara que disfrutemos de él mientras llega la hora de la cena. Hasta mañana por la mañana, que tenemos nuestros primeros compromisos, estamos libres de mayores obligaciones. Además, viendo el bonito entorno que nos rodea, creo que es el lugar ideal para escribir unas páginas de mi novela.

—Te gusta, ¿verdad? —Sara se dirige a mí sonriente mientras baja por la espectacular escalinata de piedra que da acceso a las habitaciones. Yo, mientras tanto, observo cómo su sinuosa silueta desciende con un movimiento medido y acompasado hasta encontrarse conmigo al pie de las escaleras.

—¿Que si me gusta? ¡Me encanta! —respondo sin disimular mi entusiasmo—. Mira que he vivido durante varios años en la ciudad y tenía referencias de este hotel, pero no había venido nunca. Es ver esta maravilla y preguntarme cómo pudo pasarme desapercibido un lugar tan especial. ¡Creo que podría quedarme a vivir aquí toda la vida! —digo mientras admiro la belleza de cada rincón del espacio que me rodea. Sus techos altos, sus grandes columnas de piedra, cada detalle bien cuidado de su decoración. Sus lienzos y cuadros, sus arcos, sus muros o la espectacular balaustrada de su galería principal, desde la que asomarse a contemplar un hall que se asienta sobre un suelo de grandes losas blancas y negras que forman un fabuloso tablero de ajedrez, evoca en mí la imagen del que sin duda podría ser uno de los escenarios de mi novela.

—¡Sabía que te gustaría! —dice mientras me regala una enorme sonrisa—. Por cierto, me parece genial tu idea de que nos quedemos aquí hasta mañana para que podamos disfrutar del hotel. Yo me voy a la piscina, ¿te vienes?

—¿Con el frío que hace? ¡Va a ser que no! Prefiero esperar a la hora de la cena mientras tomo algo y escribo unas líneas. ¿Te parece que nos veamos en un par de horas para cenar?

—¡Tú te lo pierdes! Nos vemos en un rato —dice despidiéndose con su mano—. ¡Au revoir! 

El resto de lo poco que queda de tarde transcurre mientras me sumerjo en un tiempo de relax. El lugar, que invita a lo exquisito, me tienta a disfrutar del aroma y sabor de uno de mis whiskys predilectos, un Glenfiddich de 15 años lleno de matices, el cual me gusta maridar con unas onzas de chocolate amargo. Mientras disfruto de este manjar para los sentidos, ordeno mis ideas y escribo algunas líneas inspirado. Esta vieja torre medieval, reconstruida y levantada de nuevo piedra a piedra, tiene un efecto inspirador en mí. Verme rodeado por un espacio tan cuidado y bello, resulta un acicate para mi creatividad.

La cena discurre acompañada por una agradable conversación. Sara está radiante, se la siente como en casa en un entorno tan lujoso que sin duda, vive con familiaridad. Entusiasmada por un delicioso baño en la piscina del hotel, que según me dice: «cuenta con una chimenea en su parte central y con una cubierta acristalada, que permite disfrutar del agua cálida mientras uno puede observar la gélida panorámica exterior», insiste en que no abandonemos el hotel sin antes haber compartido juntos tan espectacular experiencia. Yo, ante su insistencia, pero también tentado por la idea de disfrutar de un baño en lugar tan singular, acabo prometiéndole sacar un momento para ello.  


El día ha amanecido resplandeciente. El sol ilumina un cielo azul intenso que contrasta con el color blanquecino de los sillares de algunas de las edificaciones más antiguas que podemos observar, durante nuestro camino, desde la ribera del río Arlanzón hasta la zona universitaria. Sara y yo nos dirigimos a la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Burgos. Allí hemos quedado con David, un profesor de historia medieval que conocí algunos años atrás. Mi intención es pasar buena parte del día con él, y que este pueda orientarnos acerca de algunos detalles de mi novela. Al llegar al edificio de la facultad, nos dirigimos a su despacho.

—¡Muy buenos días, Daniel!, ¡cuánto tiempo! —dice esbozando una enorme sonrisa—. ¿Cómo estás?

—¡Realmente contento de verte! Hacía tiempo que quería venir a visitarte, pero no había podido encontrar la ocasión.

—Veo que además vienes muy bien acompañado. Supongo que tú serás Paula, ¿verdad? —dice tendiendo su mano hacia mi acompañante—. Yo soy David. Un placer conocerte en persona.

—No, David. Ella no es Paula, es Sara. Me está acompañando mientras Paula atiende unos temas personales.

—Mil disculpas, Sara. Igualmente es un placer conocerte —dice David mientras ella le responde con una sonrisa amable—. Espero que no te hagamos sufrir mucho. Cuando Daniel y yo nos juntamos pareciera que no existiese otra cosa que nuestra pasión por la historia. Mi mujer dice que, entre los dos, podemos aburrir a cualquiera.

—Creo que ya sé de lo que me hablas —responde Sara que parece contenerse para no hacer uno de esos comentarios suyos que tienden a dejarme sin palabras.

—Si os parece, para tratar de hacer la jornada más amena, podríamos dar un paseo hasta la Facultad de Derecho y allí tomar algo. Así Sara podrá ver una de las zonas más bonitas de la ciudad, y de paso, le evitamos el trago de sentarnos en tu despacho durante horas.

—Me parece un plan perfecto. Esperad unos minutos que prepare unos papeles que tengo pendientes y nos vamos.

Atravesamos el parque de El Parral en dirección al magnífico complejo que acoge la Facultad de Derecho de la Universidad de Burgos. Esta se encuentra emplazada en el antiguo Hospital del Rey. Una antigua construcción que data del año 1195. Por aquel entonces, en su intento por dotar al Camino de Santiago de un establecimiento asistencial donde peregrinos y caminantes pudieran reponerse de los innumerables percances e incomodidades, que con frecuencia estos padecían en sus largas jornadas, el rey Alfonso VIII y su esposa, la reina Leonor de Plantagenet, ordenaron levantar el que, durante largos años, fue uno de los lugares de referencia del camino. Mientras disfrutamos del paseo por este entorno natural que se asienta en siglos de historia, y que junto al antiguo hospital forma parte de Patrimonio Nacional, vamos conversando amenamente acerca de cómo debía desplegarse la vida en él durante el final del siglo XII y principios del XIII.

—Entonces, ¿la reina Leonor era hermana de Ricardo Corazón de León? —pregunta Sara aparentemente interesada por la conversación—. Resulta raro imaginar que en aquellos tiempos las familias estuvieran tan diseminadas por Europa. Cuando tú y Roberto me contasteis que la esposa de Ricardo era de Navarra y que además estaba fuertemente vinculada con Vitoria, me resulto extraño. Pero, descubrir después que su hermana fuera la reina de Castilla, más cuando eran ingleses y que en aquella época viajar no resultaría para nada una tarea fácil, no me puede dejar más alucinada. 

—En realidad, en aquellos tiempos los más privilegiados viajaban mucho más de lo que la mayoría de las personas pueden llegar a imaginar hoy en día. Sin ir más lejos, otra de las hermanas de Ricardo, Juana, fue reina de Sicilia y Nápoles, su sobrino, Otón, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, e incluso otro de sus sobrinos, Enrique de Champaña, fue rey de Jerusalén. De esta forma, era como las grandes familias reales lograban dominar todos los territorios conocidos  —explica David poniendo gran pasión en sus palabras.

—Además, el vínculo de alguna de las generaciones de los Plantagenet con Inglaterra no es tan estrecho como podría deducirse teniendo en cuenta que se trataba de la familia real. De hecho, a lo largo de su vida, Ricardo solo visitó Inglaterra en dos ocasiones, y ni tan siquiera hablaba inglés —digo sumándome a las explicaciones que David acaba de ofrecer.

—No os lo toméis a mal, pero me interesaría más saber dónde hacían sus compras esos reyes y reinas de la época. Prefiero dejar los detalles serios de la historia para los entusiastas como vosotros —responde Sara con una sonrisa, pero sin ocultar cierto grado de displicencia.

—Lo siento, David. Vas a tener que perdonar a nuestra acompañante. Aunque a veces parezca mostrar cierto interés, el mundo de las construcciones antiguas, de sus gentes y todo lo relacionado con aquello que no sea la moda actual no le resulta muy de su agrado. Dicho de otra forma: si estos reyes que tanto nos fascinan a nosotros no tienen perfil en Instagram, no le causan la menor simpatía. Aunque yo, sinceramente, no me resigno a seguir creyendo que en algún momento pueda convertirla en una de los nuestros —digo dedicándole una mueca burlona a Sara, acostumbrado ya a que por momentos tenga este tipo de salidas de tono que, si a uno le pillan con el paso cambiado, pueden dejarle fuera de juego.

—Como dice mi abuelo, ¡no caerá esa breva! —responde ella mientras se abandona por unos momentos a la pantalla de su teléfono móvil.


Tras nuestra visita al viejo Hospital del Rey, cuya fachada principal nos permite trasladarnos por momentos en un viaje sin igual a una época en la que caminantes llegados de todos los rincones de Europa atravesaban la ciudad rumbo a la tumba del apóstol, retomamos el paseo, esta vez, en dirección a la plaza de la Catedral. Caminamos a paso lento junto al río Arlanzón. David y yo, conversando acerca de la idiosincrasia de la ciudad en la Edad Media. Sara, atenta a la pantalla de su smartphone, que desde hace un buen rato no ha dejado de mirar. La mañana se siente realmente fría, no tanto por las bajas temperaturas que no acaban de levantar a pesar de los rayos que el astro rey nos regala, sino por el, para mí, tan familiar viento burgalés que nos cala hasta los huesos.

A punto de cruzar el puente que lleva al bellísimo Arco de Santa María, dejamos a la derecha la Merced, un viejo monasterio reconvertido en hotel cuya visita debería ser obligada para el viajero que se acerqué a la ciudad en busca de lugares en los que embriagarse con su belleza. Así, sin prisas, atravesamos una de las doce antiguas puertas de la muralla, que, antaño, daban acceso a la que durante años albergó la corte de los reyes de Castilla. Esta, la más conocida y fotografiada de todas en la actualidad, nos permite acceder a una plaza en la que, para nuestro deleite, nos espera la que sin duda es una de la catedrales más hermosas del mundo. Frente a ella, una vez más, quedo absorto ante su belleza y majestuosidad. «Si tuvieran que enterrarme en suelo santo, que lo hagan en esta vieja catedral en la que descansan los restos del Cid. De esta forma, y si alguna vez llegase a resucitar y regresara a este mundo, que mis ojos físicos se abran pudiendo contemplar la construcción humana más cercana al cielo que los hombres levantaron jamás. Así podré recordar, al menos, una pequeña parte de mi verdadero hogar». Con estas palabras, dichas en silencio para mí, pude expresar en varias ocasiones mi admiración por ella bajo el cimborrio iluminado de un bello azul celeste que, por momentos, pareciera tirar de mí con el fin de arrancarme de esta tierra y transportarme al cielo en un instante, en un suave y dulce destello de luz liberador.

A lo largo de mi vida, son varias las veces que he tenido ocasión de recorrer los interiores de esta hermosa catedral. En todas ellas disfruté de algo nuevo para mí, pero, en esta ocasión, algo apunta a que será diferente cuando, al acercarnos a las escaleras de acceso a la puerta del Perdón, un hombre saluda con efusividad a David.

—Buenos días, David. ¿Listo para enseñar la casa de Dios a tus acompañantes desde las alturas? —el hombre, mayor, de pelo blanco y vestido de traje y camisa negra sin corbata, le tiende la mano mientras nos dirige una sonrisa amable, tanto a Sara como a mí.

—Sí, padre. Aunque creo que se ha adelantado a la sorpresa. No les había comentado nada sobre que hoy visitaríamos la catedral. Daniel la conoce bastante bien, pero estoy seguro de que no como la va a descubrir hoy —le responde dedicándole un guiño cómplice.

Después de un pequeño recorrido por las zonas más visitadas de este impresionante templo gótico con el fin de que Sara pueda contemplar su belleza, nos dirigimos hacia algunos rincones mucho menos transitados. Tal y como el padre Ramón había señalado, nuestro recorrido empieza a ganar altura. Atravesamos estrechos pasillos de difícil acceso, y comenzamos a descubrir una catedral completamente nueva para mí. La perspectiva desde la cual la estamos observando hace que la experiencia obre un gran impacto en mí, haciéndome sentir sobrecogido. Acostumbrado a recorrerla tanto a lo largo como a lo ancho, hoy me descubro ante la increíble sensación de ascender por ella. Descubro una nueva dimensión que nunca llegué a intuir desde su zona inferior.

—¿Estás bien? —me pregunta Sara susurrando—. Te encuentro muy serio.

—Sí, estoy bien. Es solo que me siento completamente superado por tanta belleza. Esta catedral siempre me ha hecho sentir algo que no alcanzo a describir con palabras, pero hoy… hoy la sensación llega a ahogarme realmente por su intensidad. Es como si por momentos mi alma deseara salir del cuerpo y recorrer el universo entero.

—Quizás sea el impulso de querer acceder al cielo —susurra David a nuestras espaldas—. Estos edificios se levantaron con la idea de crear una unión entre el cielo y la tierra. Su simbolismo, sus formas y sus colores no son sino la representación de como los santos describían el cielo. Cuando me hablaste de que venías a Burgos para documentar tu novela, supe, por lo que me dijiste de ella, que aún faltaban casi cincuenta años para que se empezara a levantar esta catedral en la época en la que transcurre la historia. Pero era consciente también de la importancia que tiene para ti ver las cosas desde una perspectiva diferente, y, tras hablar hace unos días con el padre Ramón, no se me ocurrió mejor forma de enseñarte la ciudad que hacerlo desde las alturas.

Como en una coreografía magistralmente sincronizada y ensayada, las palabras de David terminan justo en el instante en que llegamos hasta uno de los miradores que se encuentran en los chapiteles de la catedral.

La visión de la ciudad es magnífica desde esta altura. Desde ella podemos observar la plaza Rey San Fernando, las calles colindantes que nacen desde la plaza, los tejados de las casas de diferentes colores, formas y orientaciones. A lo lejos, a la derecha, la carretera nacional; a la izquierda, la cartuja de Miraflores. La ciudad, a esta hora ya del mediodía, se siente viva. Sus gentes pasean por sus calles inmersas en sus quehaceres diarios. Mientras, nosotros las contemplamos desde nuestra posición de privilegio: como hormigas insignificantes o como pequeños seres que despiertan simpatía, dependiendo como es lógico de la sensibilidad que manifiesta quien observa. Cuando somos capaces de elevarnos y observar nuestro mundo desde las alturas, con frecuencia, lo que nos parecía grande se vuelve diminuto, lo complicado se simplifica, lo importante se relativiza y lo oculto, lo oculto se vuelve visible trasformándose al mismo tiempo en accesible. De ahí mi necesidad de elevarme y tomar distancia del mundo, para así, desde mi atalaya, poder observar la realidad que me absorbe cuando me encuentro atrapado ella. 

Encantados como estamos por la experiencia que tanto David como el padre Ramón nos acaban de regalar, y tomando como propia la sugerencia de Sara, decidimos invitarles a comer al Restaurante Puerta Real que se encuentra a escasos metros de donde nos encontramos. A mi joven ayudante le ha faltado tiempo para investigar cuáles son los restaurantes más prestigiosos de la ciudad. Qué mejor forma de hacerlo que tirar de la Guía Michelin. ¡Menuda sibarita nos ha salido la niña! En cualquier caso, como puedes imaginarte conociendo ya como vas conociendo a nuestra joven vitoriana aficionada a las cosas buenas de la vida, la elección no podía haber sido más apropiada. Disfrutamos de un delicioso almuerzo regado por un excelente vino de Ribera de Duero, en un entorno elegante y cuidado que hace obligado regresar a él en próximas visitas a la a la capital burgalesa.

—Daniel, había pensando que mañana podría acompañaros durante vuestras visitas —dice David—. Esta tarde tengo que sustituir a un compañero que me acaba de pedir que le haga el favor, y tendré que salir para la facultad en un rato. Pero mañana puedo ser todo vuestro.

—¡Estaría genial! —respondo encantado ante su ofrecimiento—. Contar con tu compañía seguro que nos aporta ese plus que no lograríamos si fuésemos solos. Nosotros aprovecharemos la tarde para visitar la biblioteca de Burgos y ver esos libros de los que me hablabas. Sinceramente, el poder estudiar los planos de la ciudad en sus diferentes épocas me permitirá situarme en ella de una forma más realista.


Tras citarnos con David para el día siguiente, y despedirnos del padre Ramón agradeciéndole la maravillosa posibilidad que nos ha brindado de descubrir la catedral de una forma tan especial y mágica, llegamos a la plaza San Juan en la que se ubica la Biblioteca Pública de Burgos. En ella se encuentra uno de mis rincones favoritos. En la terraza, bajo los árboles, pude disfrutar en no pocas ocasiones de los calurosos días de verano a la sombra de los tilos, cuya fragancia siempre me resultó embriagadora.

Frente a la iglesia de San Lesmes Abad, patrón de la ciudad, y junto al antiguo monasterio de San Juan —del que hoy apenas se conserva su fachada y algunos de sus muros— se encuentra este edificio con tintes vanguardistas que, desde mi punto de vista personal, no puede estar más fuera de lugar. Sus creadores hicieron con él malabarismos imposibles, manteniendo la vieja entrada gótica, jalonada por diferentes blasones —sin duda lo único de valor artístico en esta enorme mole de acero y vidrio—, y tratando de integrarla en una construcción tan inadecuada para un entorno que, bajo mi humilde opinión, merecía más respeto. Quienes participaron en la creación de este esperpento dejaron patente una falta de sensibilidad artística y de respeto a los principios armónicos que me hace plantearme cuál fue realmente su propósito final.

Los libros que buscamos, debido a su antigüedad y valor, no se encuentran disponibles para el público en general. Ante nuestro interés por ellos y tras comprobar mis credenciales como investigador, una de las bibliotecarias nos invita a pasar a la zona privada en la que, con curiosidad y cuidado, voy hojeando cada una de estas obras que guardan en su interior datos tan curiosos y variopintos como el precio del alquiler de una casa en pleno Medievo, el de una arroba de harina o el una cántara de vino. Sara, con el permiso de la supervisora, fotografía las páginas que consideramos tienen un mayor interés. Entre ellas, algunas en las que, ordenados según las diferentes etapas del desarrollo de la villa, se nos presentan diferentes mapas que muestran el crecimiento que fue experimentando la ciudad, así como los diferentes asentamientos que se fueron construyendo en ella: el barrio judío, el barrio árabe o las distintas zonas gremiales.

El trabajo de investigación que conlleva documentar una novela, tratando de ser lo más riguroso posible con los datos históricos que se disponen, puede llegar a ser un tanto tedioso y poco atractivo. No obstante, adentrarse en ciertos hechos, crónicas centenarias, edictos o manuscritos varios puede resultar toda una aventura de la que sacar innumerables anécdotas e información realmente valiosa a la hora de entender ciertos momentos de la historia. Al calor de la calefacción pública, y rodeados de libros de todas las épocas y temáticas, pasamos buena parte de nuestra tarde enfrascados en la lectura.


El sol, derrotado, hace rato nos ha abandonado dando paso a otra noche glacial. Sara y yo dejamos que nuestros pasos nos lleven por las pintorescas calles del casco antiguo, en dirección a la zona del ayuntamiento. Atravesamos la calle de la Puebla y cruzamos la plaza de la Libertad, dejando a nuestra derecha el hermoso palacio de los Condestables de Castilla —conocido hoy como la casa del Cordón—, hasta alcanzar así la calle Santander y adentramos en la plaza Mayor. El bullicio en la plaza y sus alrededores muestra una población que apura las últimas horas de una tarde carente ya de luz natural, pero engalanada con luces brillantes que nacen de estrellas de metal y cristal. Las luces de comercios y bares tintinean dando color y calor a la bella estampa de uno de los centros más bonitos que he tenido ocasión de visitar. Nuestro paseo se ve salpicado, a cada tramo, por músicos que ofrecen generosos su arte a los transeúntes, por el olor de castañas asadas que son reclamadas por manos prestas a ser calentadas, un manjar propio y característico del norte de la Península Ibérica. 

—¿Sabes? Me gusta disfrutar de ciudades como esta, pero echo de menos las grandes capitales, las tiendas de moda, las zonas de fiesta, esa sensación de que la ciudad siempre permanece despierta a pesar de la hora del día o la noche que sea. Tanto Vitoria como Burgos son ciudades preciosas, pero les falta el glamour y el lujo que a mí tanto me fascina —mientras habla, puedo apreciar en su mirada cómo, por momentos, se traslada con su mente a alguna de sus ciudades anheladas.

—Para mí, estas ciudades son hermosas y sin duda me enamora pasear por ellas, disfrutar de sus pequeñas joyas arquitectónicas, del arte en sus calles, del tamaño reducido y de su tendencia a cierto recogimiento. Son ciudades que pareciesen latir al unísono en todos sus ámbitos. Aun así, reconozco que las ciudades más grandes, las grandes urbes, ofrecen encantos que no están al alcance de pueblos y capitales de provincia. París, Londres, Madrid o Berlín tienen ese plus que tan solo las grandes cities pueden llegar a ofrecer.

—Lo cierto es que envidio a Pau por poder acompañarte durante el resto de etapas de tu viaje. Algunas de las ciudades que tienes previsto visitar deben de ser realmente increíbles.

—Personalmente prefiero las cosas sencillas. Siento que lo esencial es más accesible cuando menos complejas son las cosas. Por ello, prefiero lugares menos cosmopolitas y me siento más cómodo en ellos. Aun con todo, creo que uno puede disfrutar enormemente de ciudades grandes y pequeñas si muestra una mente abierta. Un buen ejemplo es la gastronomía. Lo mismo se puede gozar de platos sofisticados, como de los más sencillos y humildes. Y hablando de comidas sencillas. Si te parece, me gustaría llevarte a la parte alta que hay sobre la catedral. Allí hay un local donde sirven uno de los manjares más exquisitos y a la vez más simples que uno puede encontrar. Acompañado por un buen vino, no hay para mí exquisitez más rica que cueste menos. ¿Te parece que vayamos?

—Supongo que, después de comer en el restaurante en el que hemos comido, lo justo sería que te de el gusto —responde con un tono de resignación en su voz—. Pero entonces, ¡me deberás una!

—¡Pero oye! ¿Es que tú no pierdes nunca la oportunidad de sacar ventaja? —le pregunto ante esta tendencia suya de negociarlo todo—. De todas formas, cómo no deberte una, cuando la balanza se encuentra tan desequilibrada, ¿verdad? Debes de estar pasándolo fatal alojándonos en el único hotel de cinco estrellas de la ciudad o comiendo en uno de sus mejores restaurantes. ¡Qué vida más dura!, ¿eh? —le digo cargado de ironía—. En cualquier caso, será una buena manera de demostrar cómo uno puede disfrutar de los más suculentos placeres de la vida, ya sea con una cartera llena o con unas pocas monedas.

—¡Pero es que la vida no puede ser tan aburrida! No sé… Ante tanta seriedad, libros, dietas raras de las tuyas y tanta cultura, igual no estaría mal disfrutar de un poco de fiesta. En Madrid, por ejemplo, no hay semana que no salgamos a tomar unas copas. De hecho, creo que te vendría muy bien liberarte un poquito y sacar algo de ese Daniel travieso que seguro que llevas dentro. Aunque, pensándolo mejor, no tengo muy claro que ese tú exista realmente —dice tras unos segundos de reflexión—. ¡En algún momento he llegado a pensar que te acuestas con la americana y la corbata puesta! —me lanza con cara burlona mientras yo, superado, recibo su andanada con una mueca de sorpresa puesta.

—¡Pues igual no te falta razón! De hecho, fíjate que a lo largo de mi vida, he disfrutado de salir de fiesta, pero jamás llegué a emborracharme tanto como para perder la compostura. Siempre he estado orgulloso de ello, pero ahora, escuchándote a ti y cómo me lo pintas, empiezo a estar avergonzado de no dormir con un disfraz de payaso —le concedo irónico.

—¿Cuándo fue la última vez que saliste? Espero que no fuese durante el siglo pasado…

—Pues hace no mucho —respondo tratando de recordar—. Fue hace unos meses en Santa Cruz de Tenerife. Acudí a un evento y acabamos alargando la fiesta hasta el amanecer. Aún recuerdo aquella noche y las horas que pasamos cantando en un karaoke.

—¿En un karaoke? Chico, ¡tú estás peor de lo que pensaba! —dice abriendo sus ojos como platos.

—Supongo que los chicos tan sosos y estirados como yo tenemos cosas tan raras como el ser amantes de los karaokes. Pues te diré un cosa: no me arrepiento de ello. De hecho, me encanta. Es más, si quieres te canto algo…

—Va a ser que mejor no —dice acelerando el paso y fingiendo querer poner tierra de por medio para alejarse de mí.

La Taberna Maneli muestra un ambiente alegre formado por parejas y cuadrillas que disfrutan de una ronda de vinos y pinchos en su recorrido habitual por sus locales favoritos. A esta hora se entremezclan en su interior clientes que acuden a cenar a mesa puesta con otros que, como nosotros, optan por el tan socorrido picoteo más informal y ligero. 

—Buenas tardes, ¿qué desean? —tras la barra una mujer de baja estatura se dirige a nosotros con tono amable.

—¡Muy buenas! Tomaremos dos riberas y dos patatas asadas acompañadas de un poco de pan.

—Patatas asadas, ¿en serio? ¡Pues sí que te conformas con poco! —dice Sara divertida.

—Bueno, ya me dirás qué te parecen cuando las pruebes. Ya sabes, soy un enamorado de las cosas sencillas y estas patatas tienen ese algo que para mí las hace únicas. De hecho, aquí son muy apreciadas. En la zona de Gamonal hay otro bar, el Timoteo, donde las han llevado hasta un nivel de excelencia increíble. Allí las puedes pedir con gulas y gambas, bacon y queso o de cualquier otra forma.

—No dudo que puedan estar ricas pero, siendo tan solo patatas asadas, me sorprende que hables de ellas como si fueran una delicatessen. ¿Seguro que no hay algo más en todo ello? ¡Lo mismo le echan unos polvitos mágicos! —ríe con su ocurrencia.

—Polvitos mágicos no, pero sí he de reconocer que además de parecerme una delicia sublime, hay algo en ellas que evocan en mí un momento muy especial de mi vida.

—Con alguna mujer de por medio, supongo —dice con gesto pícaro.

—No, con un hombre: mi abuelo. Las patatas asadas me hacen recordar una experiencia que tuvimos juntos cuando yo aún era un niño.

—Los abuelos… Parece mentira cómo pueden resultar tan importantes para nosotros —dice suspirando—. ¿Y cuál fue esa experiencia?

—Fue durante una tarde de verano. Habíamos ido a una de sus fincas y se nos echó el tiempo encima. Yo, que no tendría más de ocho años, comencé a sentir hambre. Aún teníamos que hacer algunas cosas antes de volver a casa, y la hora de llenar el buche no quedaba tan cerca como yo deseaba. Él, todo amor y dispuesto a cuidar de mí, tomó unos troncos de leña e hizo fuego. Mientras lo encendía, me pidió que fuera a recoger unas patatas a un pequeño cobertizo que había a escasos metros de nosotros, prometiéndome que pronto podría aplacar mi hambre. Yo, solícito, tomé varios de aquellos tubérculos llenos de tierra y polvo con la esperanza de dar buena cuenta de ellos a no mucho tardar. Pasaron más de cincuenta minutos hasta que el fuego consumió la madera y la pequeña hoguera estuvo dispuesta para asar las patatas sobre sus ascuas. Mientras, mi abuelo seguía realizando las tareas que aún quedaban pendientes. Yo, entretanto, miraba embobado el fuego. Al principio, observando cómo la leña se iba consumiendo y formando bolas al rojo vivo que brillaban en la oscuridad. Después, cómo la piel de aquellas patatas iba tornándose hacia colores dorados tras haberse evaporado las últimas gotitas de agua que aún quedaban tras haberlas lavado antes de ponerlas al fuego. Finalmente, más de una hora y media después, las patatas estaban asadas y la tarea acabada. Yo, para mí sorpresa, había olvidado por completo mi hambre. Aun así, sentados juntos, el uno al lado del otro, comimos aquellas patatas asadas.

—¡Te debieron saber a gloria! 

—No, qué va. Lo cierto es que no estaban nada apetitosas. Gran parte de ellas estaban quemadas. Ambos estuvimos de acuerdo en que nos hubiera venido bien tener a mano una pizca de sal para aderezarlas. Aun con ello, con patatas sosas, la mitad de ellas incomestibles y carbonizadas, fue una experiencia que se alargó durante un buen rato mientras observábamos las estrellas, mi abuelo me contaba historias y yo le preguntaba sobre ellas. Fue una vivencia única que nunca olvidaré. Primero, porque descubrí que el hambre puede aplacarse de mil maneras. Segundo, porque me di cuenta de que, ya antes de poder comerlas, este había desaparecido por completo ante la perspectiva de que pronto tendría algo que llevarme a la boca. Tercero, porque no solo había engañado al hambre sino también al tiempo: mientras dos horas antes creía no poder aguantar más sin alimentarme, el solo hecho de estar concentrado en el objeto de mi deseo, y ver poco a poco cómo este se iba manifestando, había logrado que la ansiedad se hubiese aplacado y el concepto tiempo se hubiese disuelto por completo. Cuarto, porque fue la primera vez en que fui consciente de la importancia de la compañía en la que estamos a la hora de vivir una experiencia y cómo, cuando estamos junto a una persona que significa tanto para nosotros, poco importan las circunstancias, las carencias, la falta de comodidades o incluso lo distantes que podamos estar de nuestro hogar. En aquellos instantes no podía sentirme más pleno y afortunado. Estaba allí, sentado al calor del fuego con mi abuelo, quién me quería y al que yo adoraba. Nada me faltaba. Aquella noche, si hubiésemos terminado la tarea que teníamos pendiente y hubiésemos vuelto a casa tras acabarla, no nos hubiera llevado más de una hora y media estar frente a la mesa disfrutando de una rica cena. Pero en cambio, él optó por atender mis necesidades, por cuidarme, por darme gusto. Lo hizo aun a pesar de no contar con apenas recursos a nuestro alrededor para hacerlo: una caja de cerillas, unos pocos leños y un pobre puñado de patatas que, tan pobre era, que ni tan siquiera sal había para acompañarlas. Finalmente llegamos a casa dos horas y media más tarde de la hora a la que podríamos haber llegado. Mi abuela, entre preocupada y aliviada, nos vio entrar por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba nuestros rostros y desvelaba nuestra completa felicidad.

—Yo también adoro a mi abuelo. Me encanta estar con él. ¿Sabes lo que más admiro de cómo es? Pues que trasmite una calma increíble. ¡A mi alrededor todo el mundo parece que va como una moto! De hecho en eso me recuerdas mucho a él. Siempre tan tranquilo, tan pausado. Es curioso que lo mismo que me lleva a llamarte soso, me hace sentir cierta paz estando contigo.

—O sea, ¿que ahora resulta que no solo soy soso, sino que además te recuerdo a tu abuelo? ¡Pues sí que estamos buenos! —digo fingiendo de forma exagerada estar ofendido por un comentario que realmente tomo como el mejor de los cumplidos—. Por cierto, qué curioso que una mujer que no aprecia el placer de disfrutar de unas patatas asadas, acabe de devorar su ración y la mía aprovechándose de que yo le estaba entretenido contándole una historia —le digo mientras observo perplejo el plato vacío de mi tan deseado capricho culinario. 

—¡Lo siento!, ¡y tú sin probarlas! —dice avergonzada al tiempo que hace señas a un camarero para que nos atienda—. Estaba tan embobada escuchando tu historia que no me di cuenta. Pero en serio, ¿qué le echan a estas patatas? ¡Están riquísimas! 

—¿Desean algo más? —nos pregunta el camarero.

—Sí, otra patata asada, por favor —pide Sara.

—Perdone, mejor saque dos —le corrijo— Y tú esta vez quietecita y sin probarlas. ¡Son solo mías! —digo mientras los dos reímos divertidos. 


Después de recibir un nuevo amanecer en este hotel de fantasía, y de que Sara deguste un variado y delicioso desayuno consistente en zumo de arándanos, cereales, huevos, pan tostado, mermeladas perladas y mantequilla francesa, así como de que yo haga lo mismo con una gran taza de café con leche que me sabe a gloria, nos disponemos, prestos, a afrontar una nueva jornada. David, aparcado en la entrada principal del hotel, nos espera montado en su todoterreno. Mientras nos acercamos al coche, un manto frío y húmedo de gotitas infinitas que conforman la densa niebla que se extiende a nuestro alrededor, nos recibe humedeciéndonos el rostro. Anhelo por un instante el crepitar cálido de la chimenea que acabamos de dejar atrás. 

—Buenos días, David —saludamos Sara y yo al unísono mientras tomamos acomodo en nuestros respectivos asientos del coche.

—¡Buenos días, pareja! ¿Cómo amanecéis hoy? 

—Pues con ganas de explorar las joyas de la corona burgalesa. Aunque no sé si será el día más oportuno. ¡Menuda niebla! —digo echando un vistazo a mi alrededor y viendo que apenas alcanzo a ver más allá de lo que tengo a diez metros.

—¡Seguro que levanta! —responde optimista— Bueno, ¿cuál es el plan del día?

—Señorita Sara, adelante. ¿Nos hace un resumen de las diferentes escalas de nuestra jornada? —le digo girándome hacia la parte trasera del coche donde se encuentra sentada.

—En treinta minutos tenemos que estar en la cartuja de Miraflores —nos indica mientras mira el itinerario en la pantalla de su iPad— Allí, hemos quedado con el padre Martín que, si mal no tengo entendido, se ofreció a acompañarnos durante nuestra visita gracias a la intervención de su hermano Nicolás. Después, toca visitar el monasterio de Cardeña, y por la tarde, el de Santa María la Real de las Huelgas. Por cierto, sobre este último, Paula consiguió que Patrimonio Nacional nos diera permiso para visitarlo por nuestra cuenta. 

—¡Parece un plan fantástico! —exclama David.

—Cualquier visita a este tipo de lugares es una magnífica experiencia. Además, siempre es interesante ser acompañado por un guía que conoce bien el lugar. Es la mejor forma de descubrir muchos de los secretos que se esconden tras sus muros. Pero, también es cierto, que a la hora de buscar inspiración, así como de poder conectar de una forma más íntima con estos lugares, tener el privilegio de poder visitarlos con libertad es realmente la mejor forma de plasmar en un libro parte de su esencia. Un buen ejemplo de ello es el libro de La maldición de la reina Leonor de Peridis. Él, que era presidente de la Fundación Santa María la Real, tuvo la enorme suerte de escribir sobre uno de los escenarios que le resultaban más familiares. Así no es de extrañar que la descripción que hizo del monasterio fuera tan vívida y resultara tan especial. Evidentemente, a ello contribuyó su formación como arquitecto, pero, sin duda, el poder perderse libremente entre sus muros tuvo que ser todo un privilegio que le permitió aportar a su obra ese algo que la hizo llegar un poquito más allá.

—Vívida, sin duda —dice David—. Además, sabe transmitir en sus páginas de una forma magnífica las costumbres y usos de la corte. Pero, también es cierto, que para muchos de los que conocen el monasterio y han leído su libro resultan un tanto extrañas algunas de las licencias que se toma a la hora de situar a la familia real viviendo en él, más cuando históricamente se sabe que por aquellas fechas su capacidad para albergar los aposentos reales no eran una posibilidad valga la redundancia, real. 

—Sí, es cierto, había oído hablar de algunas críticas en ese sentido —digo recordando una conversación que tuve hace unos años precisamente en Las Huelgas—. No obstante, creo que a veces pecamos de exceso de celo. Al fin y al cabo se trata de novela histórica y en el mundo de la literatura es más que lícito que el autor haga uso de ciertas licencias que permitan desarrollar una historia que pueda ser más atractiva para el lector. A mí, desde luego, el libro me encantó. Quizás sea porque habla de una época de la historia que me resulta muy cercana, y porque sus personajes principales forman parte de la misma familia que la pareja que inspira este viaje.

—Adivino… ¿Ricardo y Berenguela? —pregunta Sara que parecía distraída mientras compartía algunas imágenes del viaje en su Instagram.

—Sí, así es. Veo que eres una chica aplicada —le respondo mientras yo, encantado de que se sume a la conversación, me vuelvo para ofrecerle una sonrisa—. Lo cierto es que sumergirse en la historia suele ser como tomar un hilo y tirar de él suavemente. Cuando vas observando hacia dónde lleva y lo que nos revela, puedes ir viendo cómo toda la historia está hilvanada de tal forma que los acontecimientos te van llevando unos a otros. Cuando se trata de las familias reales que tanto poder han ido acumulando para sí, y de la enorme influencia que han tenido en los acontecimientos que se han sucedido, puedes sorprenderte viendo que este y otro suceso que llegaste a descubrir de forma separada están unidos de tal manera que podrían tomarse como uno solo.  

—¿Pero no quedamos el otro día, hablando con el doctor Gibson, en que la historia no encaja porque está completamente manipulada? —dice Sara con un tono lleno de no tan fina ironía

—¿Y eso?, ¿cómo es eso de que la historia está manipulada? —pregunta David, saltando  como un resorte al escuchar en la misma frase las palabras manipulación e historia.

—Pues resulta que aquí, Daniel y el doctor Gibson proponen una teoría que plantea que la historia real ha sido manipulada durante años. A mí realmente me parece una auténtica locura, pero, para ser totalmente sincera, hay algo en ella que tiene una cierta lógica. Ellos dicen que hay algunos elementos que parecen no acabar de encajar del todo y que solo encajan si se plantea que algunos datos no sean totalmente verídicos y reales. Dicen también que esto no sería de extrañar dado que, como es lógico, quienes escribieron la historia fueron precisamente los que ganaron las guerras, y, por lo tanto, debieron haber escrito una versión interesada y no necesariamente la verdad objetiva.

—Bueno, bueno… ¡Esto sí que no me lo esperaba! ¿Así que ahora compartes teorías con el doctor Gibson? Personalmente creo que hace tiempo que el pobre perdió el rumbo, y también buena parte de la chaveta.

—Como escritor tengo derecho a tomarme mis licencias, ¿no crees? —respondo sin atisbo de acritud.

—Pues no te falta razón. Eso sí, habremos de concluir que mientras el historiador trata de desvelar la verdad a través de los hechos, el escritor de novela es un creador de cuentos —dice David mirándome por el rabillo del ojo.

—Sí, es cierto. Pero también deberíamos tener en cuenta que buena parte de aquello en lo que el historiador basa sus supuestas verdades no deja de estar basado en lo que antiguos escritores dejaron plasmado en sus escritos. ¿Tan seguros podemos estar de que aquellos narradores de la historia no acabaran convertidos en novelistas en manos del poder dominante de su época? Si así fuera, estaríamos en vez de ante la historia verdadera de la humanidad, tal como se pretende hacernos ver desde las facultades de historia, ante una novela de ficción basada en hechos reales. 

—O sea, ¿que para ti la historia que impartimos en las universidades es en realidad una obra de novela histórica? —pregunta David entre molesto, sorprendido ante mi apreciación y divertido.

—¡¡Din, din, din!! ¡Final del primer asalto! Cada uno a su esquina —exclama Sara—. ¡Hemos llegado!

Al atravesar una zona poblada de árboles a ambos lados de la carretera, hace su aparición ante nosotros la cartuja de Santa María de Miraflores. Este monasterio del siglo XV, perteneciente a la Orden de los Cartujos, está situado a unos pocos kilómetros de Burgos y forma parte del parque de Fuentes Blancas, un entorno de gran valor natural en el que el verde de sus frondosos bosques hace del lugar una visita obligada para quienes desean disfrutar de un paseo desde la ciudad, con el fin de acceder a esta joya del arte gótico final, disfrutando a su vez de la belleza de la naturaleza. 

David detiene el coche en el aparcamiento anexo a la entrada principal del monasterio. Mientras descendemos del auto, vemos a un monje que se acerca hacia nosotros. Viste hábito blanco, ceñido a la cintura por un largo cordón, y del que cuelga hacia su espalda la capucha en forma de pico propia de los monjes cartujos. Su mirada serena y su sonrisa amable, que resultan perceptibles desde donde nos encontramos, transmiten una paz contagiosa que, sin duda, es el resultado de cultivar una vida contemplativa y ascética alejada del mundanal ruido que queda extramuros, y que tanto aleja a las personas del recogimiento y de la elevación espiritual en nuestros tiempos. 

—¡Buenos días! ¿Es alguno de ustedes Daniel, el amigo de mi hermano Nicolás, que viene a visitar el monasterio?

—Sí, padre —respondo educadamente mientras le tiendo la mano—. Soy yo. Su hermano me habló de su predisposición a enseñarnos la cartuja y no pude resistirme a su invitación. Antes de nada quiero agradecerle su generosidad y que haga un alto en su rutina diaria —le digo sinceramente agradecido—. Por cierto, estos son David y Sara, unos amigos que me están acompañando. Si le parece bien, sería un placer para mí que nos permitiera a los tres visitar el monasterio con usted.

—El placer será mío. La vida monacal es una elección, y bien sabe el Señor que es la decisión más acertada que he tomado en mi vida y que llena de una inmensa felicidad mi corazón, pero disfruto también de poder compartir algunos momentos con otras personas. Aquí estamos poco más de media docena de monjes y se agradece ver de vez en cuando alguna cara nueva.

Guiados por el padre Martín, accedemos al que fuera, antes de ser donado a la orden cartujana, palacio de recreo que el rey Enrique III de Castilla mandó construir a las afueras de la ciudad de Burgos durante los primeros años del siglo XV. En él se encuentran enterrados tanto su hijo, Juan II de Castilla, como la esposa de este, Isabel de Portugal —ambos conocidos, en mayor medida, por ser los padres de la reina Isabel la Católica—. Como puedes ver, visitamos de nuevo uno de los lugares más singulares de la historia de Burgos que, sin embargo, no tiene relación directa con la época en la que transcurre la historia de Ricardo I de Inglaterra. Esto se debe al hecho de que, aun así, estas localizaciones tienen mucho que ver con diversas partes de mi novela Cuando el negro se vuelve azul, así como con la serie a la cual pertenece. Créeme si te digo que, a pesar de lo que puedas intuir leyendo las crónicas de mis viajes, la serie de novelas que podrás leer va más allá de una parte concreta de la historia o de la vida y obra de un determinado personaje. En ella podrás acceder a diferentes épocas y culturas, así como adentrarte en la vida de algunos personajes que han ido salpicando el planeta a lo largo de los siglos. Además, más allá del interés en si de esta joya arquitectónica y de su influencia en la historia, en mí se da un interés particular que nada tiene que ver con ella. Por un lado me resulta interesante a nivel personal la forma de vida contemplativa de dimensión comunitaria en pleno siglo XXI, pero, sobre todo, tengo una pequeña promesa pendiente: el hermano del padre Martín, Nicolás, es una persona especial para mí a la que, ante mi inminente viaje a Burgos, prometí visitar a su hermano y conocer cómo este se encontraba. Ambos, por diferentes motivos, llevan años manteniendo contacto de forma frecuente pero sin verse en persona. Según me dijo Nicolás, su hermano había accedido a la orden tras un periodo convulso de su vida, y a pesar de que habían pasado ya cerca de treinta años desde entonces, sentía la necesidad de saber si realmente había dejado atrás sus demonios. Qué mejor manera, dijo, que yo lo visitara y pudiese hablar con él en vez de tomar por ciertas las afirmaciones de Martín de encontrarse bien, las cuales temía que no fueran sino una forma de no preocuparle.    

—Ciertamente este lugar siempre me ha resultado sumamente especial. He tenido multitud de ocasiones para visitarlo, y aun hoy después de todas ellas, no dejo de asombrarme por su belleza, pero, sobre todo, por la paz que se respira en su interior —dice David dirigiéndose a Sara—, ¿no la notas?

—Sí, es cierto. Da cierto respeto incluso hablar —responde Sara mientras camina a su lado—. Además, resulta un sitio muy bonito y, curiosamente, excelentemente cuidado para lo viejo que es.

—Es que en realidad no tiene tanto tiempo como puede deducirse por el año de su fundación. Tiempo después de esta, lo que era el antiguo palacio fue presa de un pavoroso fuego que destruyó todo cuanto encontró a su paso. Fue entonces cuando se construyó la nueva cartuja tal y como la conocemos hoy en día dando lugar a su iglesia y sus dos claustros, así como a las veinticuatro celdas que ocupan los monjes.

—Oye, ¿no es mucho hablar para un lugar en el que se supone que hacen voto de silencio? — pregunta Sara con indisimulado retintín—. ¡Es que con vosotros no se puede! Una hace el más mínimo comentario y ya están el señor David y el señor Daniel, los hombres cátedra, dándole una magistral lección de historia. Yo que me creía libre de vosotros durante al menos un rato…

—Vamos a ver… En primer lugar, aquí no hacen voto de silencio. Así que, sintiéndolo mucho, toda tu esperanza de mantenerte alejada de las garras de los insufribles hombres cátedra, como nos llamas, no es sino una vana ilusión —le ataja con un gesto que denota que nada podrá hacer para evitarlo—. En segundo lugar, me cuesta entender tanto rechazo hacía las conversaciones relacionadas con la historia, la cultura o el arte, y que acompañes a Daniel durante su viaje —apostilla susurrando en tono inquisidor.

Sara se mantiene callada durante unos minutos mientras caminamos por los pasillos del monasterio. David, que camina a su lado, puede sentir en la mirada perdida de ella un cierto runrún interior.

—¿Puedo serte sincera? —pregunta Sara susurrando.

—Sí, claro —le responde David con tono amable.

—En realidad me interesa lo que me contáis mucho más de lo que pueda parecer. De hecho, admiro la cantidad de conocimientos que tenéis. Además, la pasión que mostráis resulta admirable. Lo que no acabo de llevar tan bien es que os apasionéis tanto con todo esto que pareciera que dejarais de lado todo lo demás. Es como si tuvierais el don de ver vida en edificios, tumbas o murallas de cientos de años y no fueseis capaces de ver aquella que os pasa por delante y que está sucediendo aquí y ahora.

—Pues quizás no te falte razón. Tanto sumergirnos en el pasado tal vez nos haya llevado a vivir más en el ayer que en el momento presente —responde un David reflexivo.

—¿Sabes por qué acompaño a Daniel?

—¿Por qué?

—El viaje que hice con él a Vitoria, realmente, surgió de la forma más inocente. Se dio la oportunidad y creí que sería una interesante aventura que poder disfrutar. La forma en que Pau hablaba del proyecto y de Daniel, me hizo pensar que sumarme al viaje sería algo diferente a lo estoy acostumbrada, y que, sin duda, podría ser divertido vivir una experiencia así. Además, creí que sería una oportunidad perfecta para ampliar mi currículum. Luego, durante el viaje, pude ver en él algo que me resultó bastante curioso. No sé… El caso es que, más allá de la fachada de hombre serio y estirado que aparenta, vi en él un hombre de mirada limpia, noble y profundo, mucho más profundo que la mayoría de las personas que conozco, que guardaba en su interior bastante más de lo que se puede ver a simple vista. Además, sentí que algo en él pedía a gritos liberarse. Es ese llamado lo que de alguna manera me hace acompañarlo. Me cuesta explicarlo con palabras, pero es como si detrás de su apariencia de hombre seguro, habitase en él un niño pequeño necesitado de que alguien lo cuide. 

—Conozco a Daniel desde hace tiempo y tal vez haya algo de cierto en lo que dices. Es una persona altamente sensible. Tal y como alguna vez ha llegado a confesarme: «el mundo le duele». Esa imagen de persona seria y estirada, que créeme es solo fachada, no deja de ser una pose para protegerse. En las distancias cortas no he visto una persona más abierta y cercana.

—Quizás sea esa sensibilidad excesiva la que le impide abrirse al mundo. Es como si ese niño interior que se esconde tras esa mirada limpia, entremezclada de nobleza e inocencia, fuese tan frágil que tuviera pánico de salir fuera. Llámame loca pero creo que ese niño me necesita.

Sara y David, ensimismados en sus confidencias y llevados por pasos acompasados propios de quienes comulgan en una misma religión, se pierden en un queriendo sin querer, al ritmo de su particular conversación, por los pasillos, salas y galerías de un monasterio que ocupa más de una dimensión. Ella, consciente desde el desayuno de mi intención de conversar a solas con el padre Martín, da por bueno dejarnos atrás y permitir que el ermitaño y yo accedamos a un espacio fuera de su alcance.


Compartiendo pasos lentos y rítmicos, acompasados los suyos con los míos, el monje y yo pareciésemos caminar elevados un par de centímetros por encima del suelo. Entre ambos, a pesar de la ausencia de palabras, se percibe un vínculo que nos conecta y que va más allá de la comunicación oral: una conexión que nos permite comunicarnos a un nivel sutil que escapa a percepciones no entrenadas. El padre Martín desprende una energía extrañamente embriagadora, una que, al tiempo que anestesia en buena medida el cuerpo, despeja de telarañas la visión y aclara la mente. Disfrutando de este tiempo de no tiempo y de este espacio de no espacio, vagamos por pasillos vacíos hasta que las palabras brotan de mi santo acompañante.

—Sé que mi hermano se preocupa por mí —dice con voz suave, rompiendo parte del encanto del trance, pero manteniendo la sensación de intimidad entre ambos—. Sufrió mucho mi descenso a los infiernos. A veces creo que para él resultó mucho más duro que para mí todo lo que viví en aquellos años.

—Nicolás le quiere mucho. De alguna forma se culpa de algo que le sucedió a usted, aunque nunca me habló del qué. 

—Como mi hermano mayor, él siempre creyó ser responsable de todo cuanto me pasara. Cuando íbamos al colegio me defendía ante cualquiera que no tuviese buenas intenciones. Yo, por aquel entonces, era un niño muy sensible, inseguro y frágil. Gracias a él pude mantener lejos abusones y demás aves de rapiña.

—Supongo que al final los hermanos mayores siempre tienden a proteger a los pequeños. En no pocas ocasiones esto se mantiene hasta que las crías se hacen grandes y emprenden el vuelo. 

—En mi caso, así fue. De ser el chico que tenía todos los boletos del mundo para ser la diana de más de un desaprensivo, acabé por convertirme en alguien completamente diferente. La genética, aunque tarde, obró en mí el milagro transformando mi cuerpo enclenque en el de alguien grande y fuerte. Además, por suerte, gracias a mantener buena parte de la sensibilidad que desde pequeño me había acompañado, pude desarrollar una personalidad además de fuerte, sensible. Me mostraba respetuoso con todos y ayudaba a quien le hiciese falta, era responsable y me gustaba cumplir escrupulosamente las normas. Esto me llevo a tener éxito en los estudios y en mis proyectos, y mi vida parecía estar bien encauzada. Supongo que acabé siendo el tipo de hombre que muchos desean ser. Después de años en los que Nico había estado cuidando de mí, sintió que se podía relajar y decidió seguir su sueño de trasladarse a vivir a Canarias y levantar allí un restaurante. Mi vida en Salamanca marchaba viento en popa. Acababa de casarme dos años antes con una mujer maravillosa a la que amaba con todas mis fuerzas, y éramos padres de una pequeña de un año. No podía pedir nada más a la vida. Pero, de pronto, unos oscuros e inmensos nubarrones se tornaron sobre mí, y casi sin darme cuenta, el cielo cayó y el suelo se abrió mostrándome las fauces del infierno. Fueron días de una oscuridad tan densa que era incapaz de percibir la luz de mi propia presencia. 

—Vaya, debieron ser momentos realmente duros tanto para usted como para él —digo sin saber muy bien qué decir ante la carga emocional que sus palabras tienen en mí.

Las palabras del padre Martín siguen siendo las de un hombre elevado y en paz. Su aspecto sereno y su caminar relajado muestran que, a pesar de la sombra que poco a poco siento que se cierne sobre nosotros a medida que avanza la historia que por algún motivo está compartiendo conmigo, le afectan, pero solo hasta cierto punto. 

—Él trató de apoyarme en todo momento —sigue compartiendo conmigo con su voz en calma—. Incluso se trasladó a Salamanca para estar cerca de mí y dejando a su mujer e hijos allí. Pero yo estaba tan perdido, y mi dolor lo sentía tan grande, que no pude sino echarle de mi vida de la peor de las maneras. 

—Debieron ser momentos complicados para los dos, más estando tan unidos —le digo mientras siento que me repito, y con el solo deseo de dejarle espacio para que pueda seguir compartiendo sus confidencias, al tiempo que trato de mostrarle que su dolor no me resulta ajeno.

—Sí, lo fueron. Hay situaciones para las que uno nunca está preparado. En cualquier caso, estoy seguro de que él sufrió de alguna forma todo aquello mucho más que yo. Por una parte, porque yo estaba completamente ido y anestesiado. Vivía como si lo hiciera en una pesadilla. Él, en cambio, tuvo que vivir todo lo que me pasaba siendo plenamente consciente y, lo que es peor, sintiendo que gran parte de la culpa era suya y que no podía hacer nada.

—¡Parece mentira lo complicada que la vida se puede llegar a volver!

—¡No lo sabe bien! Lo más llamativo es cómo algunas cosas llegan a nuestra vida sin previo aviso y de la forma más cruel. Todo sucedió a partir de una conversación de lo más inocente. Nico había venido a la Península a visitar a un proveedor con el que quería hacer negocios y, aprovechando el viaje, me propuso acompañarlo hasta Mondragón donde tenía que reunirse con varias personas. El caso es que allí acabamos visitando a un viejo amigo suyo que había conocido durante la mili, y, tras haber disfrutado de una generosa y suculenta cena en una sidrería de la zona, la sobremesa derivó en una conversación un tanto extraña. Nos contó que llevaba años investigando una serie de teorías acerca de ciertos poderes en la sombra que desde hacía milenios gobernaban el mundo, y que él había llegado a descubrir cosas realmente sorprendentes sobre ello. Lo que pudo quedar como una conversación entre amigos, de esas que sirven como excusa para seguir abusando de la buena compañía, acabó, sin que yo me diera cuenta, tocando algo en mi interior que terminó por poner mi vida patas arriba. Desde aquel día comencé a investigar todas esas teorías que había compartido con nosotros e intercambiaba cartas con Julen, que así era como se llamaba. Solía visitarlo con frecuencia. Así es como acabé sumergido en las profundidades de algo que recordaba a las cloacas de una ciudad que vive a espaldas de todo aquello que, o no se quiere o no se puede ver. Aquellas evidencias y lo que implicaban acabaron por convertirme en un hombre muy diferente al que había sido tiempo atrás. Se abrió ante mí una visión del mundo que resultaba terrorífica. Mi obsesión crecía cada día.

—A veces la vida nos presenta situaciones que parecieran diseñadas como trampas para hacernos perder por momentos nuestra sensación de equilibrio —digo evocando en mi mente algunas situaciones en las que he tenido ocasión de apreciar con qué facilidad se puede poner en jaque el equilibrio de una persona—. Entiendo que fue en aquellos momentos cuando el suelo se abrió a sus pies, ¿no es cierto?

—Podríamos decir que sí. Al menos ahí fue donde comenzó a abrirse. Pero realmente por aquel entonces lo que estaba por venir no podía ni intuirse —su voz sigue en calma aunque contrasta con la creciente densidad de la sombra que siento va creciendo con el paso de sus palabras—. Resumiendo… Acabé por descubrir algunas cosas que no supe muy bien cómo gestionar. Hacía años que había dejado atrás ese niño frágil, inseguro y desvalido que había crecido en las calles de Salamanca, pero aún seguía siendo un alma altamente sensible y todo, de una forma u otra, me afectaba. Pasaron meses sin que yo supiera qué hacer. Me costaba seguir viviendo como si nada después de descubrir lo que la gran mayoría de las personas no hubieran creído ni aun viéndolo visto con sus propios ojos. El mundo vivía ajeno a los oscuros secretos que me habían sido revelados y yo, obsesionado y superado, me debatía entre olvidarlo o gritarlo todo a los cuatro vientos. En ese estado estuve hasta que por fin llegué a la conclusión de que no podía permitir que el mundo viviera a espaldas de aquello que se le ocultaba. Tal vez lo que yo podía mostrar fuese una revelación oscura, pero, de algún modo, sentía que desvelarlo era una forma de iluminación, de llevar la luz a la oscuridad y de liberar a una humanidad de la que formaba parte y que durante milenios había sido manipulada, engañada y esclavizada.

—¿Y entonces? —pregunto cargado de ansiedad por conocer el desenlace.

—A partir de ese preciso momento, las puertas del averno se abrieron y yo, sin darme cuenta, fui arrastrado a su interior. Hoy puedo ver todo aquello con distancia y con cierta calma, pero fueron momentos tan duros que me partieron el alma y se llevaron con ellos la mayor parte de lo que me hacía humano. Esa misma tarde, después de hablar con Julen de mi intención de dar un paso en favor de que juntos sacásemos a la luz la basura enterrada por años, se presentaron en mi despacho dos agentes de policía con semblantes muy serios. Después de invitarme a tomar asiento, y mientras hacían esfuerzos por tratar de disimular la evidente incomodidad que les suponía la visita, me dieron la peor noticia que alguien puede recibir en su vida. En aquel momento me sentí como si fuera alcanzado a quemarropa. A partir de aquel instante, sentí como si mi mente hubiese sido cubierta por un oscuro y espeso velo negro, intenso, muy denso.  La luz que había sentido en los últimos tiempos y que me había permitido ver más allá, hasta desvelar la verdad, se trasformó en la más completa oscuridad. Enterramos a mi esposa y a mi hija dos días después. Me derrumbé mientras contemplaba el pequeño ataúd en el que reposaba mi niña junto al de su madre. Sentí que me habían arrancado de cuajo lo que más quería. Deseaba matar a aquel pobre hombre que no había visto cruzar a mi mujer y a mi hija el paso de cebra, cuando pasó a más velocidad de la que debía en un día de lluvia intensa y de escasa visibilidad. Deseaba arrancarle el corazón, hacerle pagar de la forma más cruel mi pérdida. A partir de ahí… la nada.

Un enorme nudo se cierne sobre mi garganta; se extiende de forma inexorable hacía mi estómago provocando un acceso de nausea que logro controlar sin evidenciar el tremendo impacto que acaban de provocar en mí estas palabras. Le miro, emocionado, tratando de guardar la compostura. Nuestros ojos se encuentran y parecen decírselo todo, sin decir nada. De nuevo esa comunicación sin sonidos, sin vocablos, sin sintagmas, un vínculo que se despliega entre nosotros, silencioso, hasta que las emociones logran reencontrar la calma.

—A partir de aquella tarde —continúa con voz pausada—, todo lo bueno que había en mí y que me había caracterizado durante toda mi vida, mis valores, mi enorme amor por el mundo, mi inocencia… desaparecieron convirtiéndome en un auténtico monstruo. Estaba completamente perdido. Semanas después, borracho y sin más plan que arrancarle las entrañas a aquel hombre, me presenté en su trabajo. Tan intoxicado de alcohol estaba que, por fortuna, la sangre que pretendía que calmara mi sed de venganza no llegó al río. Pudieron reducirme entre varios de sus compañeros y acabé detenido. Después de varios días de arresto y con la mente algo más despejada por la imposibilidad forzosa de seguir bebiendo, tuve lo que sentí como una epifanía: todo aquello había sucedido justo en el momento en que había tomado la decisión de revelarme contra esos poderes ocultos que movían los hilos del mundo. Todo mi dolor cobraba sentido. Enfermo de locura, y aún con la necesidad de sangre que calmara mi insoportable sufrimiento, reconocí a aquel hombre, al que días antes había estado a punto de matar, como una víctima más de las oscuras energías que llevaban gobernando el mundo desde la noche de los tiempos. Emprendí entonces una cruzada clandestina para enfrentarlas y aniquilarlas. Hoy puede parecer una locura pero, en aquel momento, mi visión velada por el odio era para mí más que clara. Aquello que había descubierto mostraba un mundo que se las gastaba de la misma forma siniestra que lo que acaba de acontecer en mi vida. Tras encontrarme con un juez benévolo, llevado por la compasión de conocer el drama que había tenido que padecer semanas atrás, pude salir en libertad sin cargos. Dio así comienzo una etapa de mi vida de pólvora y plomo. Dieciocho meses después, malherido tras un atentado fallido contra uno de los miembros de esas fuerzas oscuras, acabé, al borde de la muerte y con el alma putrefacta, en un bosque cerca de aquí. Los monjes al encontrarme me recogieron y cuidaron de mí. Tras meses entre ellos y después de haber tocado fondo, e inspirado por la paz que emanaba de los hombres que me atendían con amor y sin mostrar el menor juicio de valor ante mis actos, decidí rendirme ante Dios y ofrecerle el resto de mi vida.

—Y esa decisión, sin duda, parece haber sido realmente afortunada. Me sorprende que después de un experiencia así haya sido capaz de encontrar la profunda paz que desprende —le digo admirado por la capacidad de este hombre de elevarse por encima del inmenso horror que ha vivido—. De todas formas, puedo entender la preocupación de su hermano. Él me habló de una situación durísima pero nunca llegué a imaginar que pudiera serlo tanto.

—Él siempre ha estado convencido de que si no hubiésemos ido juntos a visitar Mondragón, nada de lo ocurrido hubiera sucedido. Por eso ese sentimiento de culpa que ni yo mismo he logrado hacerle olvidar.

—Debería entender que la vida a veces nos ofrece situaciones que uno no puede prever. Además en este caso, ¿cómo iba a saber que un inocente encuentro pudiera desencadenar tal cúmulo de situaciones adversas?

—Sí, así es. Solo espero que pueda llegar a entenderlo. Es por ello que le he contado una historia de la que hace mucho me desprendí, y que tenía completamente olvidada como si formara parte de una vida pasada. Él me habló de usted como de una persona especial y cuando hoy le he mirado a los ojos, su mirada limpia y noble me ha invitado a contarle mi verdad —dice mirándome a los ojos con su mirada amable que invita al recogimiento. 

—Tan solo soy un buscador que busca la verdad. No tengo más pretensiones. De hecho, todo lo que ha compartido hoy conmigo, no tengo dudas de que lleva hasta ella.

—¿La verdad? A veces la verdad puede devorarle a uno. Si algo aprendimos Nico y yo es que existen puertas en este mundo que no se deberían abrir jamás. Cuando uno las abre, puede observar que tras ellas hay algo rondando que pareciera provocar que las puertas del infierno se abran de par en par. 

—¿Tal vez el can Cerbero que guarda sus puertas para que nadie pueda entrar? —pregunto.

—Hay quien dice que su función tiene que ver más con impedir salir, que con la de no dejar entrar…

Estas palabras me invitan a reflexionar durante unos minutos mientras seguimos caminando por pasillos infinitos que parecieran ser propios de otro mundo. El silencio es total, tanto que puedo percibir cómo ni las suelas de nuestros zapatos se escuchan mientras golpean el suelo. Caminamos por un monasterio, silente y vacío, sin más almas en nuestro camino que la del padre Martín y la mía.

—Personalmente llevo tiempo dándole vueltas a una cuestión que tiene mucha relación con todo lo que me ha contado —digo saliendo de mi estado meditativo—. Después de investigar y meditar sobre ello durante años, siento que hay algo en cómo se desarrolla el mundo que pareciese seguir un patrón bien definido: cuando uno está a punto de lograr acceder a lo que podríamos llamar iluminación, algo parece acontecer para que su camino se vea truncado. A lo largo de mis investigaciones he podido observar multitud de registros que hablaban de esto. Uno de ellos resulta una alegoría perfecta de cómo funciona el mundo en ese sentido: la historia bíblica de la Torre de Babel. Como evidentemente conoce, en ella se cuenta cómo el hombre había logrado acceder hasta las proximidades del cielo gracias a la construcción de una gran torre, y que, de pronto, todo su plan se viene abajo. Desde la visión de la Biblia resulta clara la interpretación: este no fue sino un castigo merecido debido a que el hombre pretendía ser igual a Dios y ponerse a su altura. Mi interpretación en cambio es diferente. En mi opinión, más allá de la visión católica y de esa manía tan suya de condenar que el hombre pueda aspirar a elevarse hasta ser como Dios, el resultado no deja de ser curioso: después de que todos los hombres se unieran en un esfuerzo común para elevarse hasta tocar con sus dedos el cielo, estos son puestos en una situación en la que se les impide su acceso. Y yo me pregunto, ¿qué hay de malo en que un pueblo desee elevarse y acceder a un estado de divinidad superior?, ¿acaso para lograrlo no hace falta dotarse de valores elevados que pueden asociarse con el bien? De hecho, todo el esfuerzo que tuvieron que realizar para estar a punto de alcanzar su objetivo debió conllevar un desarrollo increíble de su cultura y de sus conocimientos, así como una encomiable cooperación entre ellos y un enorme sacrificio. Es más, a lo largo de mi vida he visto este patrón muchas veces afectándome a mí mismo y a otras personas. Cada vez que se trata de acceder a esa iluminación que podríamos llamar también estado de gracia, o a ese cielo que algunos asocian al Paraíso, al Jardín del Edén o al Nirvana, ciertas fuerzas actúan impidiendo el acceso.

—Sinceramente, Daniel, debo reconocerle que hay algo en su reflexión que tiene mucho que ver con el porqué de muchas de las noches de insomnio que viví. Ahora bien, llegado a un punto, y visto el desarrollo que tomaron los acontecimientos en mi vida, dejé de cuestionar los designios de Dios y entregarme a él sin condiciones.

—¿Puedo preguntarle qué es lo que descubrió? —pregunto aun intuyendo su respuesta negativa.

—Querido Daniel, el tiempo de abrir puertas quedó atrás para mí. Desde entonces, mi único interés es encontrar a Dios.

—¿Lo ha encontrado?

—Sí, así es. En cada brizna de hierba, en cada soplo de viento y en cada rayo de sol. Lo encuentro cuando observo la sonrisa de un niño, la mirada de dos ancianos aún enamorados en la vejez mientras ven cómo sus vidas se marchitan sin remedio. De hecho, hoy soy consciente, aunque por aquel entonces no pudiera sino sentir la sensación sin saber qué era realmente lo que significaba, de que cuando miraba a mi esposa y ambos nos perdíamos el uno en los ojos del otro, también aquel era un camino para llegar a Dios —su mirada brilla radiante permitiéndome intuir la emoción que habita detrás de sus palabras serenas—. Y usted, ¿lo ha encontrado?

—Un día descubrí el camino en una mirada —el recuerdo vívido de aquellos instantes brota en mi mente en forma de flases al tiempo que pronuncio estas palabras—. Pero supongo que el guardián de los infiernos no tuvo a bien permitirme cruzar el umbral, y la mirada se desvaneció  convirtiéndose en nada.

—Con total seguridad, esa mirada algún día volverá —dice mientras acompaña sus palabras apoyando su mano en mi hombro en un gesto reconfortante.

—En realidad, ya no espero nada que esté fuera de mí —respondo a sus palabras y lo hago ofreciéndole un gesto agradecido.

Ciertamente compartir estos momentos de intimidad con el padre Martín resulta extraño. Por un lado, su presencia resulta una invitación a sentirse en paz. Su tono de voz trasmite una enorme sensación de amor, armonía y tranquilidad. Pero al mismo tiempo, y por otro lado, sus confidencias generan en mí un efecto efervescente que provoca un fuerte oleaje en mi mar interior. Aun así, lo que más destaca de nuestro encuentro es el sentimiento profundo de conexión.

—¿Le dirá a mi hermano que estoy bien? —me pregunta.

—Sí, lo haré. Me ocuparé de que no tenga dudas acerca de que cualquier tiempo de sombras en su vida quedó atrás. En cualquier caso, para concluir con el tema, me gustaría saber algo, ¿me permite hacerle una última pregunta?

—Por supuesto —responde amablemente—. Dígame.

—Me ha quedado muy clara su posición de no remover aquello que descubrió en su día. No solo la entiendo sino que la respeto. Pero, solo por curiosidad, dice que logró abrir ciertas puertas, pero, ¿podría decirme cuál fue la llave con la que las abrió? —le abordo dejando patente un espíritu inquieto que demanda respuestas.

—Como le digo, mi querido Daniel, hágame caso y no trate de abrir puertas que desconoce a qué lugar le llevarán. En cualquier caso, para aplacar su curiosidad y como muestra de la cercanía y el aprecio que me trasmite, le diré que esa llave fue el íbero.

—¿El íbero? —pregunto un tanto desconcertado ante una referencia que no sé cómo interpretar—. ¿A qué se refiere? —insisto.

David y Sara, como por arte de magia, hacen su aparición ante nosotros justo en este preciso momento, interrumpiendo una conversación que pareciese abocada a quedarse aquí, partida por la mitad. Acabamos de atravesar uno de los dos claustros del monasterio y a punto estamos de chocarnos de bruces con ellos. 

—¿Pero dónde os habíais metido? —pregunta Sara sorprendida—. Llevamos un buen rato buscándoos y ya creíamos que os habíais desvanecido.

—En este lugar el tiempo y el espacio a veces se confunden. Quizás sin darnos cuenta hayamos viajado a otro espacio-tiempo —responde el padre Martín mostrándole una sonrisa de santo—. Espero que nuestro regreso no se haya demorado demasiado. No acostumbro a recibir muchas visitas y el tiempo en compañía pasa volando. Si desean sumarse a nosotros, sería para mí un placer enseñarles algunos de los rincones más especiales de esta cartuja.

—Se lo agradecemos, padre, pero en realidad deberíamos salir ya hacia el monasterio de Cardeña. Quizás en otro momento —responde Sara cordialmente.

—Entonces queda pendiente otra visita. Esperemos que la próxima vez, si tenemos que perdernos, nos perdamos los cuatro juntos —el monje se gira sobre sí mismo, y con un gesto amable, nos muestra el camino que conduce a la salida—. Si les parece, les acompaño. 

Tras despedirnos de nuestro nuevo amigo con una afectuosa despedida, en la que prometemos volver a visitarle, cruzamos la puerta principal de este monasterio lleno de historia dirigiéndonos hacia el coche de David, que espera, presto, para trasladarnos hasta nuestra próxima parada. La temperatura es propia de latitudes donde habitan los esquimales, pero la densa niebla que nos había acompañado durante nuestras primeras horas de la mañana ha desaparecido por completo. El cielo nos recibe con un azul intenso. Los rayos de sol, aun sin fuerza, acarician nuestros rostros con su luz cálida y suave. 


Mientras David conduce en dirección al pequeño municipio de Castrillo del Val, donde se encuentra la abadía trapense que vamos a visitar, y Sara se pierde en sus tecnologías de bolsillo, doy permiso a mi cuerpo para que se hunda en el mullido y confortable asiento del copiloto. Cierro los ojos y siento cómo se eleva, de a poco, la temperatura del aire que la calefacción impulsa hacia mí. En este estado de calma, evoco algunos de los momentos de la conversación que acabo de compartir con el hermano de mi buen amigo Nicolás. Sin duda, este ha tenido que vivir momentos realmente dramáticos. Mientras los compartía conmigo, he podido sentir el dolor de sus experiencias en carne propia. Además, tengo el convencimiento de que como es lógico, ha omitido algunas partes de su ya de por sí dura vida. Entiendo que hay cosas que no merece la pena rememorar, y que, de alguna forma, aunque no se hagan explícitas pueden observarse ahí, medio escondidas, expuestas de una manera implícita. Desde luego su historia no hace sino reafirmar mi idea de que esta vida en ocasiones tiene más de tragedia que de comedia. También, que al mismo tiempo, hasta de las más destructivas tormentas hay quienes con todo logran salir de ellas. Este es el caso del venerable padre Martín, que lejos de haberse perdido para siempre en sus infiernos, ha logrado salir a flote aun con más fuerza de espíritu y derrotando sus demonios. Cualquiera que pueda observar su mirada limpia y serena mientras evoca sus mayores tormentos, puede comprender que se encuentra ante un hombre de paz, un iluminado, alguien que habita más allá de las apariencias de este mundo que tan cruel puede llegar a ser. Por ello, y con el convencimiento de que mi nuevo amigo cartujo vive en la actualidad una existencia en paz, cojo mi teléfono móvil para darle la buena nueva a mi querido Nicolás. Con ello, espero que saber que el benjamín de sus hermanos se ha convertido en un hombre liberado de toda sombra y oscuridad, pueda ayudarle a relajarse y confiar en que Martín es realmente feliz.

Llegamos al monasterio de San Pedro de Cardeña pocos minutos después de haber abandonado la cartuja de Miraflores. Para los amantes de la historia, y para quienes gustan de visitar lugares donde uno puede detenerse a contemplar la evolución del mundo en el que vivimos, sus costumbres, sus ritos y su cultura en general, poder disfrutar de estas dos joyas a una distancia tan próxima una de otra es un lujo que solo puede encontrarse en aquellos lugares donde el paso del tiempo ha sabido ganarse su espacio, y sus gentes han tenido a bien valorar y conservar, al menos en parte, el valor intrínseco que se encuentra en ellos. 

Este antiquísimo cenobio, cuyos orígenes exactos son difíciles de precisar con exactitud, data según algunas fuentes del siglo VIII. Algunas otras proponen que su origen se remontaría al siglo IV como templo visigodo. En cualquier caso, sea una u otra la época real de su nacimiento, de lo que no cabe ninguna duda es de que nos encontramos ante uno de esos monasterios que han permanecido dignamente en pie a lo largo de más de mil años y de que, basta solo acercarse a él, para poder sentir que uno se encuentra ante un testigo fiel del devenir de algunos de los acontecimientos que condicionaron el desarrollo de la historia y la cultura europea. El monasterio, que fue destruido casi por completo por las tropas de Abderramán III durante la primera mitad del siglo X, acogió en su interior, entre otras personalidades de importancia histórica, a la esposa del Cid, Doña Jimena, y a sus hijas, mientras duró el destierro al que el Campeador fue condenado por parte del rey Alfonso VI. Tras la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar y después de que sus restos hubiesen reposado en la catedral de Valencia, fue enterrado en San Pedro de Cardeña. En este lugar reposaron durante siglos hasta que las tropas napoleónicas profanaron su tumba en pleno siglo XIX, dando pie a que estos hicieran un largo viaje por media Europa hasta que, finalmente, fueron enterrados junto a los de su mujer en la catedral de Burgos.

—¡Nueva parada! —exclama David rompiendo el silencio reinante durante nuestro corto viaje.

—¡Parece que todos nos hubiésemos puesto de acuerdo para venir hoy! ¡Está todo lleno de coches! —dice Sara sorprendida mientras mira por la ventanilla observando la gran cantidad de autos que se encuentran aparcados en las inmediaciones del lugar.

—Suelen organizar eventos. Es probable que hoy hubiese programado alguno —nos informa David.

—Siendo viernes esperaba que estuviera bastante tranquilo. ¡Parece el Palacio Real de Madrid en pleno mes de agosto! —observo sorprendido.

Dejamos atrás el coche y nos dirigimos a la entrada del monasterio. Resulta curioso que, a pesar de la cantidad de vehículos aparcados, el edificio principal y los alrededores se muestren vacíos. Nosotros, sin prisa, nos vamos dejando llevar en busca de alguna pista que nos haga comprender qué está ocurriendo en este santo lugar. Justo en este momento, mi móvil comienza a vibrar.

—¡Qué alegría, Pau! ¿Cómo está la chica más simpática de Madrid?

—Lo cierto es que me encuentro bastante bien, aunque los médicos me han dicho que a pesar de que puedo hacer vida normal, durante una temporada no debería moverme de Madrid —responde con una voz un tanto apesadumbrada—. Justo ahora estaba acordándome de ti —dice llevando sus palabras a un tono más alegre y propio de ella—. Me preguntaba cómo os estaba yendo la visita a Burgos. ¿Todo bien?

—Sí, todo perfecto. Justo ahora acabamos de llegar a San Pedro de Cardeña y estamos explorando el lugar. ¡No hay un alma a la vista!

—¿Y David?, ¿qué tal os fue ayer con él?

—Lo cierto es que genial. Tan atento como siempre. Es una pena que no hayáis podido coincidir y conoceros en persona. Ayer nos organizó una visita muy especial a la catedral, y de hecho, hoy nos está acompañando en las visitas que teníamos programadas.

—Cómo me alegro —dice visiblemente encantada— ¿Y qué tal con Sara?, ¿sigue siendo una buena compañera de viaje?

—No tanto como tú, por supuesto —le digo con tono cómplice—. Lo cierto es que tiene un carácter un tanto particular y a veces me pilla con el paso cambiado. Pero es una chica agradable y me está sirviendo de gran ayuda. Ayer, por ejemplo, estuvimos en la biblioteca y descubrió algunos datos realmente interesantes.

—Me alegro de que estés contento con ella. Me siento mal pensando que te estoy dejando tirado. Más cuando sé lo sensible que eres a todo lo que puedas sentir como un abandono…

—Pau, cielo, no tienes por qué preocuparte o sentirte mal. Sabes que para mí lo importante es que tú estés bien. Todo lo demás es secundario. Además, con suerte este proyecto no será el último y necesito que estés lista para los próximos viajes que seguro van a llegar.

—Por lo que he hablado con los médicos hasta que esté lista para viajar va a pasar algún tiempo… —dice con resignación— Pero desde aquí puedo ayudarte en todo lo que necesites. Ya sabes que sea de una forma u otra puedes contar conmigo.

—Escucha, Pau. Estaba pensando en aprovechar estos viajes para escribir algunas crónicas de mis experiencias. Así los lectores podrán conocer cómo es el trabajo de documentación, y, al mismo tiempo, podrán descubrir lugares que merecen la pena ser visitados. Tal vez podrías ocuparte tú de organizarlo. Yo te mandaría las crónicas y tú gestionarías su publicación. ¿Cómo lo ves?

—¡Me parece una idea fantástica! Además, así podríamos ir promocionando la novela y despertar el interés de los lectores. Yo puedo organizarlo, pero, ¿quién te acompañará el resto de los viajes que están programados? Podrías proponérselo a Sara. 

—Lo cierto es que sería una buena forma de cerrar el círculo. No sé qué opinará ella, pero hasta que estés recuperada del todo, ella y yo podríamos ocuparnos del trabajo de campo, y tú, desde Madrid, cubrirnos la retaguardia —digo metiéndome en el papel de gran estratega que organiza sus ejércitos en pos de una dura campaña. Qué fantástico y poderoso mariscal dirigiendo una tropa de dos.

Guardo de nuevo el teléfono en mi bolsillo, al tiempo que busco con la mirada a mis dos acompañantes a los que he perdido la pista mientras conversaba con Paula. A cincuenta metros frente a mí, observo un gran portón de madera que parece dar acceso a una iglesia. De sus entrañas brotan inconfundibles sonidos propios de otro tiempo. Accedo a su interior atraído por la presencia de lo que, por momentos, evoca en mí la melodía del flautista de Hamelín. Una inmensa masa humana permanece, una parte sentada y otra de pie, frente al altar presidido por un coro de voces limpias que mantiene a los presentes absortos y en trance. David y Sara, extasiados, contemplan la escena de pie ante un enrejado que separa la entrada del templo de su parte central. David, sin percibir mi presencia, permanece ensimismado por la escena que tiene ante sus ojos. Sara, presintiéndome, se gira ofreciéndome su mano y tira suavemente de mí situándome a su lado. Así permanecemos juntos, de la mano, escuchando voces de belleza indescriptible que, como notas de cristal que bailan al son del corazón de los cantores, resuenan en cada rincón de la capilla haciendo vibrar, por momentos, a quienes emocionados por sonidos de luz y cálidos colores, permanecemos fascinados ante los maravillosos cantos gregorianos.


Son las dos y media de la tarde, el día avanza infatigable. El sol se alza sobre un Burgos gélido proyectando por momentos haces de luz que se reflejan en las ventanas de los edificios colindantes. Dejamos atrás la plaza Mayor de Burgos y tomamos la calles Laín Calvo y Paloma en dirección a la plaza Santa María. Tras nuestra visita al monasterio de San Pedro de Cardeña, y después de disfrutar del concierto de cantos gregorianos y adentrarnos durante poco más de una hora por los diferentes recovecos de la abadía, hemos decidido acercarnos hasta mi restaurante vegetariano favorito. En el restaurante Gaia nos espera, además de su deliciosa comida y su acogedor ambiente, la mujer de David que gustosamente ha aceptado la invitación para que comamos juntos.

En la puerta del local nos espera Beatriz. Al vernos, se acerca a David dándole un dulce beso en los labios. Tan pronto como lo hace, se sitúa frente a mí mirándome con su sonrisa gatuna.

—¡Dichosos los ojos! Creía que te habías olvidado de nosotros —me dice con su alegría característica.

—¡Cómo olvidarme de mi chica burgalesa favorita! —le respondo con una sonrisa abierta que denota mi alegría de volver a verla. 

—No me piensas dar un abrazo, ¿o qué? —dice abalanzándose sobre mí sin esperar respuesta. Yo, superado por su ímpetu de niña traviesa, acepto con agrado su abrazo de oso y me hundo en su pelo rizado que huele a frutos rojos.

La siguiente hora y media transcurre en la más feliz de las alegrías. La comida, como siempre, resulta realmente deliciosa —los dueños acostumbran a cerrar el local varios meses al año mientras recorren el mundo en busca de nuevas recetas, y esto puede verse reflejado en la variedad y gusto de los platos que elaboran—.

Sara y Bea parecen estar haciendo buenas migas entre ellas. Se aprecia una sana complicidad. Lo cierto es que, cuando Bea está cerca, su energía resulta contagiosa. Es una chica menuda, de pelo abultado, pelirrojo y rizado. Su aspecto físico da buena cuenta de lo que uno puede esperarse de ella. Basta permanecer un rato a su lado para corroborar la personalidad traviesa, de duendecilla, que uno puede observar a simple vista cuando la mira. El mismo día en que la conocí —de eso hace ya unos años— pude apreciar que estaba ante una de esas personas que tienen el optimismo por bandera, y del que hacen gala desde que se levantan hasta que se acuestan. «A mí, que a veces soy un tanto oscuro y me pliego ante cierta visión nihilista de la vida, tenerla cerca me ilumina el alma» —me confesó en cierta ocasión un David que, aun a pesar de los años que llevan juntos, sigue enamorado de ella hasta las trancas—. He de confesarte que no puedo estar más de cuerdo con él, al fin y al cabo a todos nos vendría bien tener cerca a una persona así.


Apuramos los últimos metros de la calle que lleva a la entrada del monasterio de Santa María la Real de las Huelgas. A nuestra izquierda se levanta el pequeño muro enrejado que limita el recinto. A nuestra derecha una hilera de casas bajas que sirven de frontera entre el mundo medieval y el actual. Tras nuestro paseo por esta zona que destila un aroma que invita al sosiego, accedemos al patio de acceso atravesando el arco que nos conduce a la entrada del que fuera construido, entre otros fines, como panteón real. Los cuatro —Bea, liberada ya de su trabajo, se ha sumado a nuestro cortejo— caminamos a paso ligero con la vista puesta en el reloj. El tiempo comienza a echársenos encima y no queremos apurar la hora del cierre. Al llegar a la recepción, nos encontramos con un grupo de visitantes que están a punto de comenzar la siguiente visita guiada. Sara, Bea y David deciden sumarse a ellos. Yo, por mi parte, prefiero hacer uso del privilegio que tengo de poder visitar el lugar por mi cuenta. Pertrechado con mi libreta de viaje y mi pluma estilográfica, guardo para mí la intención de escribir unas líneas en alguno de los rincones mágicos de este lugar que albergó, entre otras, a algunas de las mujeres más insignes de Castilla.

Mientras me identifico ante la joven que se encuentra tras el mostrador, veo partir al grupo al que se han sumado mis acompañantes. Cinco minutos después, tras haber recibido un pase especial y las indicaciones precisas para moverme por las diferentes zonas a las que tendré acceso durante mi recorrido, comienzo mi particular visita por salas, corredores, galerías y jardines que fueron diseñados hace casi mil años y que hoy se abren ante mí. Lo hago siguiendo el camino inverso al trayecto que suelen seguir las visitas guiadas. No es la primera vez que visito Las Huelgas y tengo la creencia de que, haciendo esto, podré disponer de una mayor intimidad y encontrar un momento para detenerme a escribir unas líneas bajo los techos de este antiguo cenobio cisterciense.

Me adentro en este conjunto monástico, resultado de una mezcolanza de estilos: románico, gótico primitivo, mudéjar, almohade y renacentista. Me pierdo en él alcanzando el claustro de las Claustrillas —la zona, cuya construcción se remonta a finales del siglo XII, resulta la más antigua del complejo—. Desde él observo su calmo jardín central que invita al recogimiento. Mis pasos se pierden por un suelo empedrado con hermosos motivos. Techos con vigas vistas de madera, arquerías de columnas dobles y arcos de medio punto. Un trabajo tan soberbio como sobrio, propio de la arquitectura cisterciense, que muestra un equilibrio perfecto entre lo terrenal y lo divino. Embebido por la belleza de un complejo que me resulta de algún modo tan familiar, dejo atrás el claustro. Diferentes salas y espacios se abren a mi paso: la sala Capitular, el claustro de San Fernando, la nave central o la nave lateral. Todas ellas son un magnífico ejemplo de la belleza que, aun en la época medieval —edad oscura donde las haya— el ser humano fue capaz de esculpir y tallar con la sensibilidad de los espíritus más elevados, y de las manos más adiestradas. Mi deambular me lleva a perderme más allá del monasterio. Atravieso la huerta, que dejo a mi izquierda, y voy a parar ante una puerta de arco árabe que da acceso a la capilla de Santiago. Esta joya de estilo mudéjar, que cuenta con un artesonado notable y en la que los reyes, príncipes e infantes eran armados caballeros, no podría ser mejor lugar para perderme en ella durante un rato. Con mi libreta de viaje en la mano y armado con la Parker IM que me acompaña desde hace ya algunos años, e imbuido por la paz absoluta que encuentro tan solo en algunos lugares especiales que me permiten conectar con una parte de mí que no alcanzo a describir con palabras, dejo que la pluma se deslice suavemente por las páginas, presta para transformar en trazos la emoción que verme aquí, parado, me causa.

Pasados veinte minutos de la hora del cierre, y después de pedir disculpas de forma insistente a los responsables de este complejo monástico gestionado por Patrimonio Nacional, camino los poco más de doscientos metros que me separan de la terraza del Restaurante Abandengo, donde me esperan Sara, David y Bea. Sus calles adoquinadas, la majestuosidad de Las Huelgas, de su iglesia de estilo protogótico e influencias francesas que queda a mi derecha, y las pequeñas casitas que la enfrentan justifican, sin duda, que esta zona de la ciudad siempre fuese mi favorita. Acercarse hasta ella es adentrase por momentos en una época pretérita en la que todo era tan distinto pero donde todo, en su esencia, de alguna forma sigue igual. 

—Muy buenas, chicos. Lamento la espera —digo mientras tomo una silla y me siento con ellos—. Se me fue el santo al cielo y perdí la noción del tiempo. 

—Espero que te cundiese la visita. Sara desde luego le sacó provecho. Estuvo tomando notas como para escribir ella sola un par de libros —dice Bea con tono animado—. Creo que vas a tener que recompensarla por todo el trabajo que ha hecho.

—Ah, ¿sí?, ¿y qué dicen esas notas? —pregunto interesado.

—La más sorprendente, ¡que Leonor y Alfonso tuvieron la increíble cantidad de catorce hijos! ¡Pobre mujer! A mí, desde luego, me parece una salvajada —responde Sara haciendo divertidos aspavientos.

—Yo tengo claro que no hay hombre al que le deje hacerme más de diez por muy rey que sea —declara risueña Bea mientras regala una caricia complice a David en su mejilla.

—¿Y si hablamos de todo esto mientras nos acercamos al centro a tomar unos vinos y unos pinchos? Las chicas y yo hemos estado hablando de que podíamos aprovechar que hoy es viernes, y que no acostumbramos a salir muy a menudo, para celebrar tu regreso a Burgos. ¡A mí  desde luego me parece una estupenda idea!

—A ver que adivine… La recompensa de la que hablabas es llevar a Sara de fiesta, ¿no es cierto? —pregunto a Bea mientras enarco una ceja—. ¡Anda que no tenéis peligro ni nada! Y a ti, ¡Anda que ya te vale! Te dejo un rato con ellas y ya te están liando.

—Bueno, pero entonces, ¿vas a llevar a tu hipermegalaboriosa increíble e incomparable asistente de fiesta? —pregunta Sara con carita de niña pizpireta.

—¡Qué remedio! ¡Cualquier otra opción me corona como el rey de los aguafiestas!


Las siguientes horas pasan entre risas, bromas y confidencias. Caldos de la Ribera y delicatessen varias desfilan ante nosotros en un recorrido por los bares y restaurantes de la calle San Lorenzo, magníficamente surtidos de ricas viandas castellanas. Sara y Bea, cómplices entre ellas, parecieran conocerse de toda la vida. David y yo, encantados con su compañía, no paramos de sorprendernos con algunas de las ocurrencias de este par de diablillas. La noche avanza y con ella, con ella también lo hace una sana alegría.

—Oye, ¿por qué no nos acercamos a tomar una copa a un local que hay aquí cerquita? —pregunta Bea.

—Hombre, igual ya es un poco tarde —respondo sin mucha convicción. Y entre tú y yo, por qué no decirlo, sin muchas ganas aún de tocar a retirada.

—¿Pero tú cuántos años tienes?, ¿ochenta? —me reta Bea con malicia.

—Venga, porfa… Solo una copa —reclama Sara con un gesto que me desarma.

—Creo que no vas a poder negarte —dice David con un divertido gesto.

—¿Cómo voy a poder negarme si estas chicas te han comido el cerebro? Tres contra uno, y aunque el uno sea el único que parece un poquito responsable, creo que tiene todas las de perder —digo siguiendo el juego y haciéndome de rogar—. Venga vamos, ¡pero solo una!

Atravesamos la calle San Juan y la plaza del mismo nombre en la que desemboca. Dejamos a nuestra izquierda la Iglesia de San Lesmes, y a la derecha la biblioteca que visitamos ayer. Tomamos la calle Vitoria —es una de las más largas de la ciudad— y avanzamos un buen tramo por ella. El vaho que emana, acompañando nuestras palabras, denota el frío de la glacial noche burgalesa. Por suerte, es un frío seco que además, dada la buena dosis de alcohol que recorre nuestras venas en este momento, hace que al menos yo ni lo perciba. Así, entre risas y cariñitos varios de David y Bea, y de algunas ocurrencias locas de Sara, llegamos hasta la puerta de un local en el que puede leerse «Piano Bar, Karaoke», en grandes letras.

—Esto me huele a encerrona —exclamo.

—¡Pero si dijiste que te encanta! —responde con desencanto Sara a mi comentario.

—Anda, no vayas a decir ahora que no quieres entrar —dice Bea sibilina—. Ya nos ha dicho Sarita que estos sitios te encantan. ¡Qué calladito lo tenías!

—¡Menuda panda de conspiradoras y de conspirador! —digo enfatizando en la palabra conspirador, mientras dirijo una mirada acusadora a un David que mete sus manos en los bolsillos de su abrigo, y baja la mirada avergonzado.

— A mí no me mires, ¡qué yo no sé nada! —dice con un hilo de voz.

—¿Qué no sabes nada? ¡Tú eres el peor, que te dejas arrastrar por este par de arpías! —le respondo tratando de contener la risa—. En fin, habrá que entrar. ¡Qué remedio!

El local, para ser una fría noche de viernes que invita más a quedarse en casa cerquita de la chimenea que a salir de fiesta, se encuentra repleto de gente con ganas de divertirse. El micro va pasando de mano en mano, y de mano en mano pasan también cervezas, licores y combinados varios. El ambiente, animado, está formado por personas de lo más variopinto: por grupos de amigos que cantan como si Los Inhumanos se hubiesen vuelto a juntar, por algún que otro personaje que hace rato debió poner límite a la ingesta de alcohol —por su bien y por el bien de nuestros sufridos oídos—, y por alguna voz que, teniendo en cuenta las circunstancias, no suena nada mal. Los menos cantan y los más critican, para bien o para mal, el talento o la falta de este en los que o no tienen vergüenza o la han dejado atrás. Y entre toda esta mezcolanza de gente, aquí estoy yo, cuya mejor descripción para mi aporte a tan singular establecimiento sería una combinación de todos los casos descritos anteriormente: un poco de inhumano, otro de excedido de alcohol y, esperando que no suene pretencioso, también capaz de cantar alguna estrofa que pueda no sonar tan mal. 

Pasamos las siguientes horas de la noche entre copa y copa y entre canción y canción. Bea, David y yo de fiesta. ¿Y Sara? Ella, si cabe, un poquito más festiva dado que, por lo visto, ha logrado sacar de mí algo que según he acertado a escuchar debo tener reprimido.


Son pasadas las tres de la madrugada cuando, tras despedirnos de Bea y David, el taxi accede al complejo del Hotel Landa. Una noche inmensa, estrellada y fría, presidida por una brillante luna en cuarto menguante nos recibe al bajarnos del coche aún bajo los efectos de los combinados de whisky y chupitos de licor que, a cada rato, Bea o Sara reclamaban para que la chispa de la fiesta se mantuviera encendida. Justo al llegar a las escaleras de acceso al hotel, Sara se detiene y me mira con el brillo travieso en los ojos de quien está maquinando algo.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —me interroga susurrando.

—Sí, claro —respondo.

—¿Eres una persona de palabra?

—Me gusta creer que sí.

—Y mañana debemos salir temprano, ¿verdad?

—Eso ya son dos preguntas… —parece que a estas horas todavía tengo el cuerpo para bromas.

—¡Eh!, ¡en serio! No me trolees que la trol soy yo —dice con un gesto burlón—. Mañana nos vamos pronto del hotel, ¿no es cierto? —insiste.

—Sí. De hecho bastante pronto. Pero, ¿a dónde quieres llegar?

—¡Sígueme y te cuento!

Coge mi mano y me arrastra hasta el interior del hotel. Yo, algo mareado y achispado todavía, me dejo llevar, intrigado, mientras tomamos la dirección opuesta a nuestras habitaciones. En nuestro trayecto nos detenemos junto a la cafetería y, sin mediar palabra, tira de mí y nos colamos dentro. Con la mano que le queda libre toma una botella de champán y me la ofrece para que sea yo quien la lleve. Después, coge dos copas vacías y salimos de allí tan deprisa y tan en silencio como hemos entrado. Yo, como viene siendo costumbre con la dama, me encuentro sin palabras y sin la menor idea del sentido de aquello que estamos haciendo. «No te olvides de pagar esto mañana» repite mi cerebro de forma insistente mientras sigo siendo arrastrado por los pasillos. Dos minutos después, botella de champán y copas en mano, llegamos a lo que deduzco que es la entrada de acceso a la piscina. 

—Prometiste bañarte conmigo… —dice con el ronroneo de un gato en celo.

—¡Pero no son horas! Además, dudo que esté permitido usar la piscina fuera de horario y más aun que esté abierta.

—Creía que eras un hombre de palabra —decidida, gira el pomo de la puerta, la empuja y entra.

Veo cómo se pierde tras ella. Yo, mientras tanto, aquí de pie con la botella en la mano, dudo durante un instante qué hacer. Miro a derecha y a izquierda, indeciso y apurado por tomar la decisión correcta. Finalmente, sigo sus pasos y me cuelo en su busca. Ante mí, como por arte de magia, aparece la que sin duda es la joya de esta noble hospedería. La luz mortecina de la madrugada se cuela en la estancia dibujando los contornos y curvas de una hermosa panorámica que me deja impresionado. Tras reponerme de tan bella visión, y recordar el motivo que me ha traído a este lugar, me acerco a uno de los bordes de la piscina buscando con la mirada a la niña traviesa que tengo como compañera: ni rastro de ella. 

—¿No te metes? —oigo su voz a mis pies mientras observo que está metida en el agua.

—¿Pero cómo quieres que me meta si no tengo bañador? —le respondo con la excusa más a mano que tengo—. Además, yo ya he cumplido. Te dije que vendría a la piscina contigo y aquí estoy. ¿Por qué no vamos a dormir antes de que nos encuentren y nos toque dar más de una explicación?

—¡Jo!, ¡contigo no se puede! —exclama cariacontecida—. Vale, pero con una condición. ¡Tomemos al menos una copa de champán! —dice señalando la botella que aún porto en mi mano—. Tomamos una y nos vamos. ¿Aceptas el trato?

—Creo que voy a empezar a llamarte Sara, la Mujer Cláusula. ¡Si es que a todo le pones condiciones!

En penumbras, con Sara en el agua y yo de pie junto a ella fuera de la piscina, apuramos sin prisa nuestras copas de champán. Los dos en silencio: ella disfrutando de la calidez del líquido elemento que le cubre hasta sus hombros desnudos; yo de las finas burbujas de este Veuve Clicquot que es una gloria. «Qué curiosas situaciones se presentan en mi vida», pienso.

—Mademoiselle, creo que llegó la hora de retirarse a nuestros aposentos —digo mostrando mi copa vacía.

—¡Anda que no eres soso ni nada! Vale, ayúdame a salir y nos vamos —responde dejando su copa fuera de la piscina.

Agradecido de haber podido disfrutar de este momento especial, pero aliviado porque esta locura toque a su fin, me inclino con la mano tendida hacia Sara para ayudarla a salir. Tan pronto como lo hago, esta tira de mí con todas sus fuerzas y yo me veo sumergiéndome de cabeza irremediablemente hasta el fondo. La calidez del agua empapa mi ropa y despeja mi mente. Como un resorte, busco el teléfono móvil en mi bolsillo y sin mediar palabra me acerco a un saliente y lo apoyo en el suelo. Por fortuna es un modelo a prueba de agua, y con suerte, no habrá sucumbido en este lamentable incidente. Veo la luz encenderse y pulso el play que aparece en pantalla comprobando que todo funcione. Silencio.

—¿Pero a ti qué te pasa?, ¿cómo se te ocurre tirarme a la piscina? —le espeto alterado—. ¡Y encima estando vestido!

—Deberías estar agradecido. Un hombre de palabra cumple su palabra, y al ritmo que llevabas a partir de esta noche no ibas a poder seguir diciendo que lo fueras. Me prometiste bañarte conmigo, no venir solamente a la piscina. Además, te lo tienes merecido —dice con exagerados gestos de niña enrabiada que me confunden—. ¿Qué hora es?, ¿las tres o las cuatro de la mañana? ¿Pero tú te has visto? Ni aún borracho pierdes tus modales, ni aflojas el nudo perfecto de tu corbata. ¡Si es que lo estabas pidiendo a gritos!

—En fin… Una vez más me dejas sin palabras… —le digo impotente, mientras trato de comprender cómo hemos llegado hasta el punto en que el tornillo que le falta a esta mujer tenga algo que ver con los buenos modales, o con el nudo de mi corbata. 

Un silencio intenso cae sobre nosotros. Basta respirar el aire sulfúrico que nace del fuego que la rabia ha prendido en mi estómago, para sentir la enorme tensión que flota en el ambiente. Sara, a dos metros de mí, me mira expectante. Yo, respiro, y de mi respirar profundo, llega un aroma nuevo de notas cálidas y acarameladas. Una melodía serena, bella, cómplice para el alma. La música de Ludovico Einaudi, que mi móvil renacido nos regala, disuelve la tensión convirtiéndola en polvo. La fiera se aplaca.

—¿Ves cómo no era tan mala idea? —dice conciliadora—. Anda, ¿por qué no te relajas y disfrutamos de este agua calentita como Dios manda?

En realidad no hay mucho que pensar. Dejando a un lado que mire por donde lo mire todo esto me parece una auténtica locura, y que además no llevo nada bien que me saquen a la fuerza de mi zona de confort, realmente la situación resulta mágica. El agua cálida, la oscuridad traspasada por la tenue luz de la luna, el tintineo de las estrellas y el dulce sonido del piano que se escucha de fondo hacen que me diga a mí mismo: «de perdidos, al río». Me desprendo de toda la ropa. Un cierto pudor llama a la puerta; sabiamente, dejo que pase y no pese. Sara, flotando, deja que la leve corriente le pierda en la oscuridad íntima de esta piscina eterna. Yo, siguiendo su ejemplo, cierro los ojos y me dejo llevar por este agua mansa. I Giorni, de Ludovico Einaudi, suena de fondo. Mi mente se para, mi respiración se diluye y mi alma, mi alma se enciende. Mi corazón late, sin prisa, sin pausa. Los problemas y las preocupaciones se escapan. Las ondas del agua, generosas, mecen mi cuerpo en un mar de calma. Me adentro en un estado que se encuentra más allá de este mundo y más acá de la nada. Mi mente proyecta recuerdos, de hoy, de ayer y de nunca. Por ella desfilan, el rostro de un niño que dejó de ser niño hace ya mucho tiempo, la mirada perdida de ella perdiéndose a sí, a mí y a nosotros, las pisadas de un dios al que veo andar su camino de espaldas, la marca en la puerta de un templo de piedra cubierto de hiedra y la escena de un lobo que aúlla, hambriento de nada. Se forman letras que bailan al son de la música, forman la imagen de una llave dorada. Y una voz que me asalta diciendo: «en realidad eres todo aun no siendo nada».

En mi dulce deriva siento un roce suave en mi mano derecha. Como pequeñas culebras unos dedos serpentean entre los míos asiéndose a ellos con fuerza. Mantengo los ojos cerrados. Ambos, conectados por un abrazo de manos, flotamos al ritmo de las notas del piano de Ludovico. Nos dejamos llevar en un viaje que se desborda fuera de los confines de esta piscina, que solo hoy, es nuestra.

—¡Qué maravilla! —confieso.

—¿Ves cómo aflojando un poco el nudo de la corbata se dan cosas que pueden ser maravillosas? —dice mientras los dos seguimos flotando en el agua bocarriba.

—No te falta razón —le concedo—. Aunque yo tampoco apuraría mucho nuestra suerte, no vaya a ser que nos encuentren aquí y tengamos problemas.

—Ya veo que el nudo lo aprietas a mucha mayor velocidad que cuando lo sueltas. Vale, seamos formales y vayamos a dormir como dos niños buenos. 

—Sal tú si quieres primero, y yo espero hasta que te hayas ido. 

—Sí, por supuesto, no vaya a ser que nos veamos desnudos y se acabe el mundo —responde sarcástica.

Mi mirada se pierde ante la belleza de un lugar que puede apreciarse aun en penumbras. Observo sus techos abovedados de estilo gótico, el cielo, limpio y estrellado, apenas salpicado por las pequeñas nubes de algodón que se observan a través de las secciones acristaladas de una bóveda de crucería que aporta al complejo un aire de cuento de hadas. Toda una joya para quienes aprecian la esencia que habita en las formas equilibradas y bellas. Busco a Sara para ver cómo avanza en su marcha. La intuyo, deslizándose lentamente por el agua, en dirección a las escaleras. Justo en el instante en que comienza a subir por ellas, un haz de luz blanca, de una luna caprichosa oculta tras una nube pasajera, la ilumina por su espalda. Su figura desnuda, esbelta y bella, brota formando suaves ondas en la superficie a medida que su cuerpo se desvela. Concebida como las musas: para inspirar y expirar por ella, el trazo fino de su silueta desciende  formando curvas imposibles que se pierden al alcanzar sus piernas de seda. Extasiado por la belleza de esta imagen que ha quedado grabada en mis retinas, pero víctima de un pudor templario, bato mi mirada en retirada sumergiéndome de cuerpo entero y deslizándome bajo el agua.


Sentados junto a una estufa de leña encendida que hace hogar, Sara y yo, desde la galería, disfrutamos de la vista de un jardín escarchado. El cielo, pintado de un azul claro que evoca lo puro, nos acompaña entregándonos destellos de un sol bajo, que aún dormido, comienza a despertar de su letargo dispuesto a iluminar un nuevo día. Hemos dormido escasas tres horas, y el humeante café se convierte en un aliado fiel para alejar los rastros de la somnolencia.

—Ayer hablé con Pau —digo finalmente rompiendo el silencio.

—¿Y cómo está? —me pregunta mientras da buena cuenta de un pan tostado untado con una brillante mermelada de color intenso.

—Está bien, aunque la pobre sigue con sus limitaciones. Estuvimos hablando de que, aunque seguirá trabajando en el proyecto, no podrá sumarse al resto de escalas que tenemos pendientes. 

—¿Y qué piensas hacer?, ¿harás los viajes solo?

—Pues lo cierto es que los dos hemos pensado que sería buena idea pedirte a ti que me acompañaras. Supongo que tendrás planes y que igual tampoco es lo que más te apetece, pero, sinceramente, no se me ocurre mejor persona para que me acompañe.

—¡Ya sabía yo que al final no ibas a poder vivir sin mí!

—Será eso o que quizás uno acaba prefiriendo lo malo conocido que lo bueno por conocer… —digo en tono burlón.

—¿No pretenderás convencerme con una bordería así?, ¿verdad? —me responde con falsa cara de enojo.

—¡Uy! ¡Qué genio! Parece que a alguien no le sienta muy bien la falta de sueño. ¿Más café? —le pregunto divertido. 

—Fíjate que a veces creo que te odio —dice disparando su artillería con balas de fogueo—. Pero sí, más café.

—En serio, ¿qué te parece la idea? —le pregunto, ahora sí en tono amable, mientras le sirvo café.— Personalmente creo que me serías de gran ayuda. Además, para serte sincero debo decirte que a pesar de mi carácter un tanto serio me gusta ese punto alegre que tienes y sería un placer que me acompañases.

—¡Ja! Un tanto serio ha dicho. ¡Yo diría que más bien tienes un carácter de ogro! —dice riendo.

—De acuerdo, me lo merezco. Reformularé la pregunta. ¿Te apetece embarcarte en esta aventura con un ogro?

—Vamos a ver… Me estás pidiendo que viaje contigo para conocer un montón de ciudades y que te ayude a organizar los viajes, a tomar notas, a investigar y a hacer de traductora, ¿no es así?

—Sí, esa es más o menos la idea.

—¿Y seguiría manteniendo mis galones como el de poder elegir dónde alojarnos?

—Si es lo que quieres, supongo que sí.

—Pues lo cierto es que no creo que haya mucho que pensar. ¡Me encanta la idea!

—¡Cuánto me alegra oír eso! —exclamo con júbilo.

—Eso sí, voy a tener que organizarme bien. Para empezar tengo que hablar con mi novio. Estos días habíamos quedado en vernos en Madrid. Seguro que no le va a sentar muy bien que le diga que no podré verle. 

—Vaya. Eso sí es un problema. 

—Es lo que tienen las relaciones a distancia —dice resignada—. Nos vemos muy poco. Justo habíamos quedado en pasar las próximas semanas juntos. De todas formas, en parte es culpa suya. Tuvimos la oportunidad de vivir juntos en Madrid, pero él prefirió trasladarse a vivir a otra ciudad para poder atender los negocios de su familia.

Lo cierto es que no me gusta ser la causa de la incomodidad de nadie. Es más, en este caso concreto tampoco me gustaría que el novio de Sara se sintiera amenazado por mí. Sí, lo sé, qué posibilidades tendría yo frente a un hombre mucho más joven, de mejor posición y seguramente de buen ver. Pero aun así, soy consciente de cómo son a veces las cosas del corazón y de que, con frecuencia, «los celos saben más que la verdad». No me gustaría ser un problema para ellos así que trato de pensar en algo.

—Oye, podemos hacer una cosa —digo creyendo tener la solución—. Dices que ibais a pasar unas semanas juntos, ¿verdad?.

—Sí, en eso habíamos quedado. Él tiene pendiente cogerse unas semanas de vacaciones y habíamos pensado en pasarlas juntos en Madrid.

—Pues te cuento a ver qué te parece. En principio, la visita a Navarra está ya cerrada y estaremos allí hasta el viernes de la semana que viene. Pero a partir de ahí, podemos retrasar el resto del viaje dos o tres semanas. Yo puedo aprovechar para viajar a Santa Cruz y arreglar unos asuntos. Así vosotros podréis estar juntos. 

—¿Harías eso por mí? —me pregunta emocionada.

—Mira, bastante se complican a veces las cosas del amor como para acabar siendo yo un obstáculo.  Si un cambio de planes os hace felices, yo encantado de colaborar.

—¡Genial! Me acabas de quitar un peso de encima. Eso sí que es buscar una solución de forma rápida —dice aliviada.

—Como suelen decir: «quien quiere busca la forma y quien no quiere busca una excusa». Al final, si se trata de que las personas que nos rodean se sientan mejor, uno trata de buscar la manera y hallarla cuanto antes.

—Jo, ¡qué serio te pones! ¡Menudo viajecito me vas a dar! —dice mientras los dos nos reímos cómplices y encantados con la aventura que estamos a punto de comenzar.

Así las cosas, el día parece haber comenzado de la mejor de las formas: con una alianza y un compromiso. Nuevas fuerzas se suman a esta misión exploradora por tierras europeas y de Oriente Próximo. Una aventura, que sin duda, nos llevará a descubrir distintos lugares, secretos ocultos y falsas verdades, verdades enteras y a medias. Una ocasión perfecta para descubrirnos a nosotros mismos, aspirar al cielo y escribir juntos una historia nueva, la nuestra.

CONTINUAR EL VIAJE

Los escenarios del viaje en imágenes

Información y reservas

HOTEL LANDA RESTAURANTE PUERTA REAL ACTIVIDADES EN BURGOS

ALQUILAR COCHE CON EUROPCAR VEUVE CLICQUOT YELLOW LABEL

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Viajes de Novela
por Daniel Sotelino
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